Dolorido, se sentó contra la fría roca. Estaba a oscuras. La explosión habia derrumbado la entrada, tal y como habia deseado, pero de paso, destruyó los cables que llevaban la electricidad a los primeros niveles de la excavación.
Aún algo aturdido y dolorido, intentó buscar a tientas la mochila. Esperaba que no hubiera quedado sepultada por los escombros. Agudizó sus sentidos, y aun así, no podía apenas distinguir las formas en la oscuridad. Olisqueó el aire. El estancado olor de la humedad le resulto desagradable. Pudo oler su propia sangre, y, ah, sí, olor a quemado. Siguió el rastro y encontro la mochila. Metió la mano, buscando la linterna. Gracias al cielo, ahi estaba.
La repentina luz le cegó ligeramente. Se quejó. Cuando pudo ver mejor, revisó el contenido de la mochila. Había perdido bastantes cosas, entre quemadas, y los vuelos de la mochila. De hecho la linterna estaba medio rota, y no daba toda la luz que debería. Disponía de tres unidades de plasma sanguíneo, que consumió tranquilamente y a oscuras, economizando la linterna. Habia gastado una cantidad enorme de sangre en el circo de hacia unos minutos, y necesitaba curarse las heridas del lobo, que le quemaban la espalda y el hombro derecho, pese a estar curando a buen ritmo.
Quedaban unos cinco metros de cuerda en condiciones de ser usada, junto con un par de garfios de escalada. El resto se habían perdido. El cuchillo de supervivencia, un encendedor de mecha, una brújula, un pequeño cuaderno, un lapiz y una pequeña bandolera impermeable. Ni el martillo, ni el piqueta, ni baterias de repuesto, ni nada mas del equipo de escalada. Genial.
Se ajustó el brazalete del cuchillo de supervivencia al brazo izquierdo, y guardó el mechero, el cuaderno, el lapiz y la cuerda en la bandolera, que se ajustó a la espalda con cuidado, ya que aún le dolían las heridas. Anudó el cordel de la linterna a la brújula. La salida, bloqueada, quedaba al oeste, mientras que la galería continuaba hacia el este, y parecía desviarse ligeramente al sur, a la vez que descendía en altura.
Consultó su reloj de muñeca... roto. La pantalla digital, quebrada, marcaba las 23:57, pero espero a que el minutero cambiara, sin suerte. El aparato tampoco respondía a las pulsaciones de los botones. Frustrado, se lo quitó y lo tiró contra el suelo. Aún así, calculaba que debian ser ya la una de la noche, quizá algo más.
Con todo el alboroto que se había formado, y con los garous alerta y en pie de guerra, pensó que Giulietta y Dorian, de haber sobrevivido, no tratarian de buscarlo al menos hasta la noche siguiente. Eso si volvían a por él. La sed de poder de la cainita bien podía llevarla a dejarlo allí y darlo por muerto, para acto seguido reclamar su puesto, sin oposición alguna.
- ¡Maldita sea!
- ¡Zorra arribista, juro que saldré de aqui y me comeré tu ... !
- ¡No no no, tienes que tranquilizarte, no puedes dejar que la paranoia te ciegue... seguró que vendrán a por nosotros!
- Sí, nos lo deben, -otros asintieron- nos la hemos jugado para que pudieran escapar!
- ¡Sí, tirándoles una granada, muy inteligente!
- ¡No había otra manera!
- ¡Vas a morir aqui! ¡Nos has condenado! ¡Vamos a morir todos aquí!
Las voces de su cabeza comenzaron a discutir entre ellas. Vladímir temblaba. Cerró los ojos, hincó las rodillas en el suelo y gritó, callándolas a todas. Necesitaba concentrarse. Era inutil quedarse allí esperando, dejando que la locura le consumiera más aún. Tenía varias horas de espera por delante, asi que mejor invertirlas en algo productivo.
Tambaleándose aún, mareado por el vocerío mental, bajó por la galería, apenas alumbrado por la linterna.
Aún algo aturdido y dolorido, intentó buscar a tientas la mochila. Esperaba que no hubiera quedado sepultada por los escombros. Agudizó sus sentidos, y aun así, no podía apenas distinguir las formas en la oscuridad. Olisqueó el aire. El estancado olor de la humedad le resulto desagradable. Pudo oler su propia sangre, y, ah, sí, olor a quemado. Siguió el rastro y encontro la mochila. Metió la mano, buscando la linterna. Gracias al cielo, ahi estaba.
La repentina luz le cegó ligeramente. Se quejó. Cuando pudo ver mejor, revisó el contenido de la mochila. Había perdido bastantes cosas, entre quemadas, y los vuelos de la mochila. De hecho la linterna estaba medio rota, y no daba toda la luz que debería. Disponía de tres unidades de plasma sanguíneo, que consumió tranquilamente y a oscuras, economizando la linterna. Habia gastado una cantidad enorme de sangre en el circo de hacia unos minutos, y necesitaba curarse las heridas del lobo, que le quemaban la espalda y el hombro derecho, pese a estar curando a buen ritmo.
Quedaban unos cinco metros de cuerda en condiciones de ser usada, junto con un par de garfios de escalada. El resto se habían perdido. El cuchillo de supervivencia, un encendedor de mecha, una brújula, un pequeño cuaderno, un lapiz y una pequeña bandolera impermeable. Ni el martillo, ni el piqueta, ni baterias de repuesto, ni nada mas del equipo de escalada. Genial.
Se ajustó el brazalete del cuchillo de supervivencia al brazo izquierdo, y guardó el mechero, el cuaderno, el lapiz y la cuerda en la bandolera, que se ajustó a la espalda con cuidado, ya que aún le dolían las heridas. Anudó el cordel de la linterna a la brújula. La salida, bloqueada, quedaba al oeste, mientras que la galería continuaba hacia el este, y parecía desviarse ligeramente al sur, a la vez que descendía en altura.
Consultó su reloj de muñeca... roto. La pantalla digital, quebrada, marcaba las 23:57, pero espero a que el minutero cambiara, sin suerte. El aparato tampoco respondía a las pulsaciones de los botones. Frustrado, se lo quitó y lo tiró contra el suelo. Aún así, calculaba que debian ser ya la una de la noche, quizá algo más.
Con todo el alboroto que se había formado, y con los garous alerta y en pie de guerra, pensó que Giulietta y Dorian, de haber sobrevivido, no tratarian de buscarlo al menos hasta la noche siguiente. Eso si volvían a por él. La sed de poder de la cainita bien podía llevarla a dejarlo allí y darlo por muerto, para acto seguido reclamar su puesto, sin oposición alguna.
- ¡Maldita sea!
- ¡Zorra arribista, juro que saldré de aqui y me comeré tu ... !
- ¡No no no, tienes que tranquilizarte, no puedes dejar que la paranoia te ciegue... seguró que vendrán a por nosotros!
- Sí, nos lo deben, -otros asintieron- nos la hemos jugado para que pudieran escapar!
- ¡Sí, tirándoles una granada, muy inteligente!
- ¡No había otra manera!
- ¡Vas a morir aqui! ¡Nos has condenado! ¡Vamos a morir todos aquí!
Las voces de su cabeza comenzaron a discutir entre ellas. Vladímir temblaba. Cerró los ojos, hincó las rodillas en el suelo y gritó, callándolas a todas. Necesitaba concentrarse. Era inutil quedarse allí esperando, dejando que la locura le consumiera más aún. Tenía varias horas de espera por delante, asi que mejor invertirlas en algo productivo.
Tambaleándose aún, mareado por el vocerío mental, bajó por la galería, apenas alumbrado por la linterna.
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