jueves, 28 de abril de 2005

Horror en las Profundidades X: Marca el lugar


El vampiro siguió descendiendo varios minutos, en silencio, acompañado solo por el sonido de sus pasos. Calculaba que podría haber recorrido ya mas de medio kilómetro, y bajado unos cuarenta. También anotó mentalmente que la galería se desviaba hacia el sur. También contó las estalactitas y estalagmitas que veía. Veintisiete de las primeras y treinta y una de las segundas. Cualquier cosa para mantener la mente ocupada y las voces alejadas, canturreaba para sí.

Tras otro centenar de metros, la inclinación del tunel variaba abruptamente, y su altura disminuía considerablemente. Sólo podría pasar arrastrándose. Qué remedio, pensó. Agarró la linterna con los dientes y se agazapó para pasar por la hendidura. Bajó varios metros, quizá unos treinta. De nuevo la altura de la galería subía, permitiéndole ponerse de pie, aunque su cabeza casi rozaba el techo. El suelo tenía un par de dedos de agua, y estaba muy resbaladizo. Conforme avanzaba, el nivel del agua subía. En unos doscientos metros, ya tenía el agua por los tobillos, y parecía seguir subiendo. ¿Que podría ir peor?, pensó.

La cantidad de posibilidades que se le pasaron por la cabeza le hicieron reirse de su propia necedad. Estaba bien jodido, y se estaba metiendo en la boca del lobo. Literalmente. ¿Qué puedo perder? ¡Quizá encuentre un cofre lleno de joyas y oro al final de esta cueva! ¡Me las tragare todas, y seré el vampiro en letargo más valioso de la creación! Hizo un pequeño baile y rió en voz alta, como un pirata.

El lejano eco de un sonido muy agudo cortó la linea de pensamiento del vampiro en seco. Dejándolo paralizado. ¿Eso .... ha ... sido... un grito? Incluso pensó en voz baja, por si acaso. Precisamente esa era una posibilidad que no habia sopesado. Que no estuviera solo en ese agujero. Miró hacia atrás, sopesando la idea de volver a la entrada de la cueva, y esperar pacientemente a la noche siguiente para que le rescataran. Se dio la vuelta. Dió un par de pasos. Se paró. Estaba en la posible tumba de un antiquísimo miembro de la Estirpe. El conocimiento que podría obtener si lo encontraba, a él y a sus "alhajas funebres" le tentaban.

Podría conseguir el suficiente dinero y poder como para echar a Marian a los perros, poner la cabeza de Gaethanus en una pica, hacerse con la ciudad y comprar su libertad a Vykos, dejando ese estercolero de ciudad todo para Giulietta ¡por fin podría ser libre y buscar a Sarah! Se dio la vuelta de nuevo. Volvió a caminar hacia el frente. Y si no, siempre podría diabolizar al tipo. Hizo cuentas con los dedos, tratando de calcular cuantos grados le separarían del mismísimo Caín si lo conseguía.

Pensó en las trampas. Pensó en la posibilidad de un guardián. Pensó en la posibilidad de un matusalén despierto, hambriento, y de mal humor. Volvió a pararse. Se dió la vuelta. Volvió a caminar hacia atrás. ¡No! ¡No! ¡Hay mucho que ganar! ¡Tengo que llegar hasta el final! ¡Puedo hacerlo! ¡Sí! ¡Sí! Se dió la vuelta otra vez. Con un poco de suerte, Giulietta se me unira en apenas unas horas, me encontrara, y daremos caza juntos al matusalén ¡Sí! ¡Adelante! ¡No hay benefiicio sin sacrificio!

Borracho de fantasías, reanudó el paso hacia el fondo de la cueva decididamente. Se paró. Recordó el chillido. Decidió que sería mejor ir más discretamente. Solo por si acaso, se dijo.

Continuó caminando otro medio quilómetro, donde el piso subía de altura, y ya no había agua, con sus cuarenta y dos estalacticas y treinta y siete estalagmitas. Sesentainueve y sesentaiocho, en total. ¿Y si en total hubiera el mismo numero de ambas?, se preguntó, maravillado por las implicaciones que tendría dicho acontecimiento...

Su pensamiento metafísicofilosófico sobre el sentido de la Creación se paró en seco cuando el siguiente problema real le abofeteó la cara.

Una bifurcación. Esta fiesta solo va a mejor, pensó. Sujetó la linterna entre los dientes, sacó el lapiz y el cuaderno e hizo un pequeño esbozo de todo lo que habia recorrido hasta el momento, indicando las bajadas, metros, el agua, estalactitas y estalagmitas. Numeró la página y dibujó la encrucijada. ¿Y ahora qué? Ni siquiera tenía una maldita moneda para echarlo a suertes. Y someterlo a votación con sus inquilinos no le pareció adecuado. Sacó el cuchillo de su funda, y lo hizo girar sobre el suelo.

El condenado se quedó apuntando hacia el camino por el que había venido. Volvió a hacerlo girar. Marcó la derecha esta vez. ¡Derecha pues! Señaló el camino derecho en el cuaderno, lo guardó, y reemprendió la marcha.

Caminó otros doscientos metros. Se detuvo y volvió sobre sus pasos. Volvió hasta la encrucijada. Se mordió el pulgar con el colmillo, y dibujó una flecha hacia la dercha con la sangre. Volvió a reemprender el camino.

No hay comentarios: