domingo, 24 de abril de 2005

La Fiesta 8ª parte: Conclusiones.


- Bueno, a decir verdad la noche ha sido bastante simple, al conocer a los nocturnos pobladores de la ciudad me he fijado en quienes merecen la pena y quienes no, antes comentasteis algo sobre la Toreador y el Tremere, y estoy de acuerdo en que son personajes interesantes, creo esconden mucho que sería interesante descubrir, también que hay otros tantos que en los que, al menos aparentemente no merece la pena reparar, como ese tal LaTorre o ese perrito faldero de la Setita... aunque nunca está de más tener un par de ojos vigilando a gente así... Y bueno, en cuanto a nuestra invitada de honor... da la sensación de que le encanta crear polémica y ganarse enemigos... y bueno finalmente que a pesar de que daba la sensación de que habías abandonado el arte del baile hacia tiempo te has defendido más que bien, y a pesar que tal vez tu no, yo he disfrutado con él. ¿Algo que se me haya escapado o haya podido omitir?

Giulietta esperaba la respuesta del arzobispo, realmente no sabía qué era lo que pretendía conseguir con dicha pregunta, ¿evaluarla? ¿Simplemente cambiar de tema? ¿Qué?

El malkavian se sentó, dejando espacio entre él y la cainita, y escucho atentamente.

Bien, al menos se había quedado con lo básico. Era lo mínimo que se le podía pedir.

No había mencionado a la Setita, ni al Nosferatu, que por otro lado no habían llamado la atención, pero eran personajes a tener en cuenta.

- No está mal, pero te recomiendo que procures no dejar de lado a una figura tan, para bien o para mal, "popular" como Salvina. Tiene una hueste de perritos falderos, con diferentes grados de autonomía, que toman su palabra prácticamente como ley. En definitiva, es alguien del cual ganarse su confianza o declararle la guerra lo más rápido posible, antes de que sus chanchullos con otros te pongan en una situación comprometida hacia ella o sus aliados sin que siquiera se de uno cuenta. Yo procuro hacer lo primero.

Se quedó durante un momento callado, repasando por si se había dejado algo.

- Por cierto, sería recomendable que emprendierais una desratización exhaustiva del castillo. Has tenido un nosferatu en casa, y sin normas del Eliseo, ¿recuerdas? - Con los codos apoyados en las rodillas y las manos juntas, con los índices en los labios, giró la cabeza, mirando a la canita, y sonrió.

Giulietta escuchaba con atención a Vladimir aunque tenía la mirada perdida en la sala, no hablo hasta que este no hubo terminado.

- Ya... Salvina, no he hablado de nada más que trivialidades con ella, lo que me decís de ella no es nada nuevo, ya me di cuenta nada más verla... y Martin... bueno, puede que hoy no haya llamado mucho la atención, pero no deja de ser un Nosferatu, así que siempre conviene estar atenta... hare que Dorian se encargue de las ratas, o lo que sea que ande por ahi.

La mujer se sentía como una niña que escuchaba la misma reprimenda de su madre por enésima vez, sabía todo lo que esta iba a decir, pero no por ello le prestaba menos atención.

- ¿Algo mas mi señor?

- ¿Hmmmm? - notó el tono condescendiente de la mujer. No era costumbre suya adoctrinar a nadie, y si lo había hecho en este caso era por ella. En fin, el orgullo hacía a veces necios de la gente.

- Salvo que propongas algo, poco más. - frunciendo los labios en gesto pensativo se recostó en el diván, muy acomodado, en una pose "poco protocolaria". Sus trasero estaba prácticamente al borde del diván y sus piernas sobresalían mucho. Levantó un dedo índice, sonriendo - Ja, bailes no, no más por esta noche, que te veo venir.

Pese a todo, se encontraba de humor extrañamente bueno. Era una sensación agradable, olvidada hacía mucho.

Giulietta sonrió, al parecer no había conseguido enojar o insultar a Vladimir, lo cual le hacía sentirse más tranquila, ya era algo que ni le convenía ni deseaba.

- Bueno, a la vista de que acabaron los protocolos, con tu permiso yo también me voy a poner cómoda.

La mujer se descalzo y se quito los palillos chinos que sostenían el sencillo recogido, dejando su pelo suelto y se recostó en otro diván.

- ¿Hay algo más que pueda ofrecerte? No sé, entretenimiento, alimento... solo tienes que pedirlo.

Observando que la cainita se puso cómoda, se aplico aquello de "donde fueres, haz lo que vieres". Metió las gafas en un bolsillo de la chaqueta y se la quitó. Se sacó la camisa por encima del pantalón, se quitó los zapatos y los finos calcetines.

- Aaargh, el paraiiiso. - dijo con voz melosa al sentir el frio suelo en sus pies.

Cruzó los brazos por detrás de su cabeza, a modo de almohada.

- ¿Hmmm? No sé,-dijo con aire dubitativo, aunque con un tono de gracia. -Sorpréndeme, eres la anfitriona, ¿recuerdas?

La mujer permaneció pensativa durante unos instantes, genial, ¡viva mi escasa imaginación!, pensó.

- Ya, pero tú eres el invitado, y te dejo elegir... en fin, veamos...

Una sombra se acerco a ella y luego marcho atravesando una de las paredes.

- El "entretenimiento" esta de camino, es posible que acabes pensando que soy poco original... aunque bueno, tampoco estarías del todo equivocado. - La Lasombra rio.

Mientras tanto la música de la orquesta seguía tocando un conjunto de melodías tranquilas y ligeras, la música ni alta ni baja, permitía la conversación pero no por ello era inaudible.

- Ainss... - resopló el arzobispo. -¿Ese es el único entretenimiento que conoces? Las noches en el castillo deben hacérsete laaargas y aburriidas.

Se giró ligeramente sobre el diván para poder ver a su interlocutora.

Giulietta conocía otros entretenimientos, claro, no muchos pero son los que ocupaban la mayor parte de las noches en las que no tenía nada que hacer, pero no creyó oportuno mostrárselos al arzobispo, mostrarle el sótano, no creyó que aun hubiera llegado el momento, es más, tampoco pensaba que fuera a llegar nunca.

- Veras la mayor parte de mi tiempo desde que llegue a esta ciudad lo he empleado en adecentar este lugar y hacer rabiar a Dorian, pero estoy abierta a nuevas posibilidades, así que dime, ¿en qué empleas tú tu tiempo libre? Dame ideas.

-¿Tiempo libre? -El Arzobispo hizo un ligero repaso.

- No hay mucho tiempo libre, la verdad, muchos llegan cada noche a decir cuatro tonterías a mi despacho, es lo que tiene tener un cargo. El poco tiempo que resta, lo dedico últimamente a "conspirar" y estudiar "el legado" del anterior Arzobispo, hay cosas interesantes, y el hecho de que esté cerca - dijo, señalándose una sien y sacando la lengua - ayuda a veces a ir por el buen camino.

-Por lo demás, salgo noches contadas a cazar por la zona céntrica. Los fines de semana principalmente, donde la cantidad de drogas y gente por metro cuadrado es suficientemente fácil como para hacer sencilla mi labor. El resto de días "como en casa". Una no-vida triste y monótona - suspiró teatralmente -no entiendo quien querría ostentar un cargo como este. - Añadió en tono irónico mirando a la mujer.

Evidentemente la ironía no paso desapercibida, Giulietta "se hizo la loca", como si el tema no fuera con ella.

- Claro, quien querría llevar sobre sus hombros semejante carga...

- ¿Hmmm? - el Arzobispo se quedó pensativo. -Bien, yo no querría llevar sobre mí dicha responsabilidad. -dijo en un tono neutro, impersonal, mirando al techo.

Dejó que la carga de profundidad cayera. A ver qué efecto tenía.

Mientras el arzobispo hablaba una puerta empezó a abrirse lentamente, Giulietta hizo un leve gesto para que no les molestaran.

- ¿Porque no? Si no quieres cargar con ello... ¿porque lo haces?

Estaba claro que Vladimir deseaba que le realizara esa pregunta... de todos modos, ella también quería saber la respuesta.

- Obligación. Desde arriba me dijeron "te ha tocado", y la recompensa por fallar o negarme era convertirme en un montón sanguinolento de huesos y carne. Oww, ya sabes cómo son los Tzimisce. Cirujanos locos y todo eso.

Se incorporó en el diván, volviendo a sentarse. Movió los dedos de los pies sobre el frio suelo.

- Y aquí estaba yo, siendo un obispo que se comía los marrones como si fuera el arzobispo, así que quise ser el arzobispo en lugar del arzobispo, ¡maldita sea, no había diferencia! Al menos me divertí pasando a cuchillo al sombrilla.

Se paró momentáneamente y miró a Giulietta.

- Sin ofender, por lo del Sombrilla, perdona. El caso, es que aquí estoy, encerrado, comiéndome marrones que ni me van ni me vienen. - Se paso una mano por el pelo y resoplo.

- Mierda, todo esto del Sabbat me vino "impuesto". A mi estas historias no me van demasiado, la verdad. La Guerra, la Mascarada, blah blah blah. Me da igual tanto lo que dicen unos como lo que dicen otros. Soy un pringao pillado entre fuego cruzado. Puta mierda.

Se levantó, y comenzó a moverse por la estancia, su estado de agitación aumentó.

- ¿Y por qué simplemente no lo dejas? Te estarás preguntando. No es tan fácil. Los Cirujanos Locos me pondrían un pulgar en el labio inferior y atarían mis orejas por detrás de mi cabeza, entre otras cosas. No es tan fácil. Tengo que aguantar, hasta encontrar un salida.

Se paró frente al diván de la mujer. Dejó los brazos caídos, y la miró fijamente a los ojos fulgurantes. Mierda, adoraba esos ojos. Su jodida mente funcionaba exactamente al revés que la del resto del mundo.

Se puso en cuclillas, y mordiéndose ligeramente un pulgar, levantó los ojos hacia los de la mujer.

- Y creo que esa salida puedes ser tú.

Giulietta ya sabía algunas de las cosas que el arzobispo le contaba, como por ejemplo la forma en la que "ascendió", aunque no sabía nada sobre la presión que los tzimisce ejercían sobre él, en cierto modo tampoco le resulto muy extraño, al fin y al cabo gracias a la pasión que sentía por los tzimisce conocía su "modus operandi", pasión que creyó mas que conveniente mantener oculta.

Aunque no entendía porque imponer tan árdua tarea a un Malkavian en lugar de asignar a un Lasombra o haber sido uno de ellos quien ocupara el cargo de arzobispo...

- Lo que me cuentas es...en fin, increíble, pero dime, ¿cómo puedo ayudarte? ¿Porque crees que puedo ser tu salvación, o tu salida como tú dices?

Por la mente de Giulietta comenzaron a pasar varias ideas sobre cómo podría ayudar a Vladimir, unas más descabelladas y otras menos efectivas o menos aconsejables, pero en vez de elucubrar prefería oírlo con sus propias palabras.

Aunque la mujer no pareció inmutarse, él notó que su cabeza funcionaba a toda velocidad, intentando averiguar que le iba a proponer.

- No te agobies, es más sencillo de lo que piensas. Y tranquila, no te voy a pedir que me diabolices. Nah, va más bien en el camino que llevaba pensado. Pero creo que sería bueno que estuvieras al corriente. Como podrás haber supuesto, estás a examen, ya que aspiras a ser Obispo de la ciudad.

Se incorporó, dio la espalda a la mujer, y se cruzó las manos en la espalda.

-Una cosa es que no quiera hacer lo que se me ha encomendado, y otra es que me vaya de forma irresponsable. Si puedo dejar a alguien que considere adecuado ocupando mi cargo, no habrá problema en que me marche. Creo que más bien al contrario.

Giró la cabeza, para poder mirar sus ojos.

- Entonces, es sencillo. Demuestra que eres competente para ocupar mi cargo, y será tuyo.

La mirada de Giulietta denotaba una extraña mezcla entre decepción y satisfacción. Estaba encantada de que el arzobispo pensara en ella para el cargo de obispo, es más, ella misma se atrevía a afirmar que era la candidata que más oportunidades tenia de los posibles que rondaran por la cabeza de Vladimir, lo malo era que según las palabras del hombre aun le quedaba camino que recorrer. Aunque había algo que la confundía, tal vez fuera la intención del arzobispo, o que simplemente no se había expresado de la manera más adecuada.

- Si, ya lo había notado, al igual que tú te abras dado cuenta de que quiero ese puesto, aunque hay algo que aun dudo... hablas de mi como candidata a Obispo de la ciudad, pero aun si lo consiguiera tu seguirías siendo el Arzobispo, por lo que no estarías dejando tu puesto. Pero lo que más me confunde es eso de: "si eres competente mi cargo será tuyo".

- Es tal y como lo oyes.

Se giró para estar de frente a la cainita. Sonrió con orgullo.

- Tú aspiras a ser Obispo. Yo te ofrezco más aún.

Un relámpago iluminó la sala. Sonó el trueno, y se escucho el repiquetear de la lluvia contra los cristales. Los ojos de Giulietta brillaban más que nunca, la alegría de la noticia era más que patente en ella, rebosaba satisfacción, y si no fuera porque parecería una estúpida empezaría a correr descalza por toda la sala dando saltos de alegría como una niña que hubiera recibido su más preciado regalo en Navidades.

En vez de eso se abalanzo a los brazos del arzobispo y le dio un fuerte abrazo. Cuando más adelante lo pensara con calma es muy posible que se arrepintiera de haberlo hecho, era algo en contra tanto de su forma de ser como de todo lo que le habían enseñado, pero en ese momento le daba igual. Si lo conseguía, alguien en Roma iba a estar más que satisfecho...

El corazón de Vlad saltó en su pecho cuando notó el cuerpo de la cainita contra el suyo... Falso. Estaba muerto. Al parecer su cerebro había recreado el efecto para su disfrute. A veces no estaba mal tener un cable fundido.

No tenía claro si era un gesto premeditado de la cainita o había sido espontaneo. En cualquier caso, con parte de él gritándole que aprovechase la situación, posó delicadamente sus manos a los lados de la cintura de la mujer.

Y la apartó ligeramente de sí.

- Bueno es que te alegres, pero aún te queda camino por andar. Y evidentemente, tendré que establecer algunas condiciones que me permitan dejarlo todo bien atado.

Sonrió a la mujer, esperando su comprensión. Aún estaban bastante cerca el uno del otro, casi tanto como cuando bailaban. Se fijó en sus ojos. Estalló un relámpago.

Por encima de la blanca luz, eran dos brillantes hogueras verdes que lo quemaban por dentro.

La mujer irradiaba felicidad, siempre había querido ocupar un alto cargo en el Sabbat, pero ¿conseguirlo tan pronto? Jamás lo hubiera imaginado.

- Claro, tranquilo, sabia de sobra que no sería algo inmediato, estas cosas llevan su tiempo, es solo que esto es algo que no esperaba que pasara ni tan pronto ni en esta ciudad, pero me alegra de que así sea. En cuanto a tus condiciones, no tienes más que hablar.

La cainita sonreía de sincera felicidad, claro que su mente funcionaba a un 200% y empezaba ya a maquinar, pero aun era muy pronto, así que no hacia ni caso a la tormenta de ideas sin pie ni cabeza que se le venía encima y trato de despejarse y relajarse para prestar toda su atención a Vladimir.

No podía recordad cuando fue la última vez que tuvo a alguien tan cerca y tan feliz al mismo tiempo. La empatía le estaba inundando de euforia inducida. No podía dejarse llevar, aunque por otra parte, "se lo pidiera el cuerpo". Por eso mismo, no rompió el abrazo. Lo disfrutaría hasta que ella lo hiciera.

- De momento, basta con que esto quede entre tú y yo ¿de acuerdo? El resto, las tengo en mente, pero ya surgirán cuando se vayan perfilando, de acuerdo a las situaciones.

Mientras hablaba, siguió dejándose hipnotizar por aquellos ojos. Le costaría tan poco hundirse en ellos...

Giulietta parecía conforme, no solía cumplir la letra pequeña de los contratos, acostumbraba a interpretar las normas a su modo para hacer que le fueran favorables, pero esta vez no lo haría, no le diría a nadie lo hablado aquella noche, aun no, en Roma tendrían que esperar, de todos modos tampoco esperaban resultados tan pronto, así que no habría ningún problema.

- Soy una tumba, y no lo digo porque tenga una. - El tono divertido del principio de la frase se formalizo hasta la seriedad con la que termino - Puedes estar tranquilo, no diré nada, aunque espero que cuando "perfiles" tus condiciones me las hagas saber.

- Nah, tranquila, no esperes nada demasiado agresivo. - Su voz se convirtió en apenas un susurro. - Creo que debería marcharme ya.

Subió una de las manos hasta el rostro de la mujer. Apartó un mechón de pelo, y besó delicada y pausadamente la frente de la cainita.

La volvió a mirar a los ojos, y se separó de ella, dirigiéndose al diván donde había dejado su ropa.

Fuera, seguía tronando, y la lluvia caía con una intensidad endiablada.

¿Nada demasiado agresivo?...Giulietta hizo el ademan de acompañar al arzobispo hasta la entrada.

- Esta bien, espero que nos mantengamos en contacto, y si tu apretada agenda te lo permite podrías pasarte por aquí, recuerda que esta es tu casa.

La mujer se encaminaba a la salida del salón.

- Está lloviendo mucho, seguro que no querrás que se estropee tu magnifico traje, ¿quieres que Dorian te lleve?

-¿Hm? - el Arzobispo miró con gesto distraído la lluvia que caía al otro lado del dintel de la puerta. -Sí, la verdad es que sería un detalle.

- Aguarda un momento. -Giulietta dejo al arzobispo y se perdió en las oscuras escaleras que llevaban al segundo piso, a los pocos segundos llego Dorian tras ella, parecía algo cansado, pero en pleno control de sus facultades, ya se había cambiado de ropa tras la fiesta y llevaba unos simples vaqueros y una camiseta azul, cogió las llaves del coche y un paraguas que desplegó tras abrir la puerta.

- Señor Von Thremischeck - dijo dirigiéndose a Vladimir.

Giulietta estaba a un lado de la puerta principal ya abierta.

- Buenas noches. -Dijo mientras hacia una leve inclinación de cabeza.

¿No manda un criado a buscar a Dorian? Algo muy raro había entre esos dos, o en el segundo piso, para mantenerlo oculto incluso de los criados... decía para sí mismo el malkavian.

Cuando llegó el momento, siguió a Dorian hasta el coche, no sin antes despedirse.

- Descansa, Giulietta. Sed consciente de que cada noche, cada acción, y cada decisión, cuentan.

Terminando en un tono serio, comenzó a darse la vuelta.

- Ah, y aprovechad que sois la única candidata al puesto. -Añadió mirando a los ojos de la mujer, dirigiéndole una sonrisa cómplice.

Se montó en el coche, mientras terminaba de ponerse la chaqueta. Giulietta fue a su despacho a meditar a la espera de que Dorian volviera y al amanecer.

Al rato la puerta principal se abrió y el sonido de unas llaves delató la entrada del joven que fue directo al despacho de la cainita.

- Ey Giu, ¿cómo es que este se ha ido tan tarde? ¿Y qué es eso de ser consciente y un puesto? ¿Por fin a decidido hacerte Obispo? ¿Lo sabe ya Valkas? - A pesar de llevar demasiadas horas sin dormir Dorian parecía más despierto que nunca y también más impertinente que de costumbre.

La única respuesta que obtuvo fue el silencio de una mujer que ni tan siquiera le estaba mirando, pues tenía la vista clavada en el vacío.

- ¿Hola? - dijo el joven pasando la mano ante los ojos de su señora, esta, sin inmutarse le contesto fríamente.

- No es asunto tuyo

- ¿Desde cuándo tienes secretos para mí?

- La pregunta correcta seria: ¿desde cuándo no los tengo?

Dorian entre sorprendido y enfadado le hizo una reverencia como si de un criado se tratase, algo que solo hacía en público, se dio la vuelta y sin decir nada mas salió del despacho. Giulietta oyó como subía las escaleras hablando consigo mismo.

La mujer se acercó a un ventanal y descorrió las pesadas y opacas cortinas.

- El amanecer esta cerca, lo mejor será que me vaya retirando...


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