jueves, 28 de abril de 2005

Horror en las Profundidades XII: Horas de luz


La noche transcurrió en tensión para Vlad.

Seguía haciendo su camino por la gruta, contando los metros, calculando alturas, consultando la brújula, y sospechando cada vez más que había algo con las estalactitas y estalagmitas. Doscientas cuarenta y tres contra doscientas cuarentaiseis. Desde hacía horas la diferencia se habia estancado en tres. Para unas o para otras, pero siempre tres. Si habia tres más de un tipo, y en la siguiente sección de gruta habia más del otro, haciendo que ahora hubiera más en total delsegundo tipo, el conteo total se veía alterado de tal manera que la diferencia volvia a ser tres, pero para el otro lado. Fascinante, pensaba Vlad, que avanzaba completamente en silencio, con los oídos agudizados, por si aquel chirrido volvía a repetirse. Por suerte, solo oía sus propios pasos, el zumbido de la linterna, y un lejano goteo.

Cada 437 metros paraba, para actualizar el cuaderno. Anotó varias bifurcaciones más, en las que dejó la correspondiente señal indicando el camino tomado. El cuchillo siembre marcaba el camino de regreso en primera instancia, hecho que le contrariaba. Pero aún más se contrarió cuando escuchó de nuevo el chirrido. Esa vez lo escuchó mas fuerte. Menos agudo.

Llegó un momento en el que empezó a sentir como se le agarrotaba el cuerpo, y le costaba mantener los ojos abiertos. Debe ser el amanecer, pensó. Años y años de costumbre le arrastaban a tumbarse, cerrar los ojos, y descansar hasta el día siguiente. ¡No puedo! se repetia a si mismo, mientras concentraba su vitae en mover su cuerpo. Había algo ahi fuera, y no podia permitirse el lujo de ser sorprendido mientras dormía.

Lastimeramente, siguió caminando. Al girar un retuerto del camino, pudo notar como la luz cambiaba. Apagó la linterna. ¡Sí, sí, sí! Un pequeño rastro de luz azulada le invitaba a seguir por el serpenteante y estrecho tunel. Consiguió incluso correr hacia la luz.

Deslumbrado, parpadeó al entrar en la majestuosa bóveda. Debió ser un antiguo depósito de aguas subterráneas, que con el paso de los siglos fue perdiendo su contenido. Las estalactitas, estalagmitas y columnas no le dejaban ver el otro lado, si lo habia. La luz provenía de la derecha de la bóveda. Se dirigió hacia ahi. Era una laguna, de agua cristalina. Vio unos extraños peces moverse en el fondo, y huir al detectar su presencia. Eso le sirvió para ver que la laguna continuaba por debajo de la pared, quizá conectando dos cámaras. Excitado, sacó rápidamente el lapiz y el cuaderno, y esbozó el plano rápidamente, marcando la localización de la laguna para posterior investigación. Se dió la vuelta, contando las estalagtitas y estalagmitas. Para no perder la cuenta, apuntaba cada poco el total acumulado, mientras seguia dibujando el pequeño e improvisado plano, en una hoja nueva, para poder darle mas detalle.

Cuando llegó al centro de la bóveda, se dio cuenta de que habia una especie de camino marcado en el suelo. Apartó algo de gravilla, y vió lo que parecía ser un adoquín, muy muy desgastado. Parecía estar en el buen camino. Sonrió y apuntó en el cuaderno. El camino parecía perderse hacia el otro lado de la estancia. Miró hacia arriba, al punto más algido. Debia estar a unos veinte metros de altura. Estaba todo cubierto de estalactitas, cuya formación dejaba adivinar la curvatura de la bóveda. Siguió contando y anotando.

Terminó por llegar al extremo diametralmente opuesto a la laguna. Conto unos ochenta metros de un punto a otro. Encontró mas formaciones de piedra que parecían construidas por el hombre. Algo parecido a los restos de una mesa, con otras piedras puestas alrededor. Pudo discernir unos dibujos en la mesa, que copió al carbrón rápidamente en su cuaderno.

Cerca de lo que llamó "el salón", encontró una peculiar formación de columnas de piedra caliza. Estaban lo suficentemente juntas como para evitar que nada mas ancho que un cuchillo se deslizara entre ellas, y el tiempo habia provocado que uno de los "barrotes" dejara de estar completo. Tanteó el hueco interior, y vió que podría caber perfectamente. Buscó una piedra del tamaño adecuado. Encontró una, y se metió dentro del hueco con ella, encajándola posteriormente en la separación entre la estalactita y estalagmita que le daban acceso al hueco (y que ya habia anotado en su cuaderno).

Se acomodó como pudo, y antes de darse cuenta, perdió la consciencia.

Le despertó el mismo chirrido de las otras veces, pero mucho mas poderoso. Fuera lo que fuera, estaba cerca. Agitado, empujó la piedra, que cayó ruidosamente - ¡maldición! - y salio de su escondrijo. Se estiró, tratando de ubicarse. Repasó toda la noche anterior, así como sus notas. Siguíó explorando la bóveda, llevando la cuenta de estalactitas y estalagmitas, por supuesto.

Lo mas interesante que encontró fué una nueva entrada a otra galería, que incluso tenía un marco tallado en piedra. La lástima es que estaba medio derruida, de tal manera que no podía pasar. Maldijo su suerte, mientras anotaba en el cuaderno.

De repente, comenzó a escuchar un sonido extraño, como si algo se arrastrase. Aguzó el oído, intentando localizar la fuente, pero el eco le despistaba. Guardó el cuaderno, el lapiz, y todo lo que llevaba, salvo el cuchillo y las estacas en la bolsa impermeable. Tenía un desagradable presentimiento.

El sonido de fricción fué acompañado por un portentoso chirrido, que dejó perforó los tímpanos del vampiro. Dolorido, dió unos pasos sin rumbo. Otro chirrido delató a su compañía.

De un agujero en la bóveda, invisible a simple vista, surgió arrastrándose una bestia horrible, negra, peluda, con cara de murciélago. El monstruo cayó al suelo, y se incorporó mirando al cainita. Mirando era un decir, puesto que no tenía ojos. Medía unos dos metros metros, y era delgada, fibrosa. Era como un gigantesco hombre murciélago.

La bestia volvió a rugir, mostrando unos poderosos dientes, coronados con varios pares de colmillos, afilados como puñales. Olisqueó el aire. Encorvado hacia delante, pero sin apoyar las patas delanteras, comenzó a correr hacia Vladímir.

En lugar de huir, decidió aprovechar que aún sentía en su sangre los efectos del ritual de la noche anterior. Desenvainó el cuchillo y encaró a la bestia. Ésta estuvo a punto de arrollarlo, pero consiguió esquivarla a tiempo. La criatura, que se guiaba por el sonido y el olor, trastabilló con las estalagmitas, dandole el tiempo justo a Vlad para saltar sobre ella, y clavarle el cuchillo en lo que debía ser el omóplato, mientras se agarraba al escaso pelaje con una mano.

La criatura rugió de dolor, una sangre negruzca brotaba de la herida. Vlad movió el cuchillo dentro de la herida, haciendo que su adversario se revolviera más aún. La criatura saltaba y giraba sobre sí misma, intentando cazar o librarse de su agresor, mientras gritaba. En uno de los giros, consiguió acercarse a una formacion de columnas naturales, haciendo que el vampiro se golpeara con las mismas, cayendo al suelo.

Vlad se incorporó, sin cuchillo. La bestia miraba corría hacia él, rugiendo. Aún aturdido, no tuvo tiempo de esquivarla. Esta cargó contra él, aplastándolo contra la pared. Vladímir sintió crujur varias de sus costillas. Haciendo uso de la sangre consiguió moverse lo bastante rápido como para coger una estaca de su muslo izquierdo y tratar de clavarla en la pierna de la criatura, con éxito. La reacción de la bestia le dió el tiempo justo para zafarse de ella y salir corriendo como pudo hacia la laguna.

Con la bestia en sus talones, se zambulló. La criatura se quedó en el borde, sin atreverse a entrar en el agua. Los murciélagos no nadan, heh, pensó. Se quitó las botas en el agua, las anudó entre sí, y al arnés. Se sumergió y comenzó a bucear. Esperaba que al otro lado hubiera una salida. El dolor le estaba matando.

Continuó nadando varios minutos que se le hicieron eternos, por el dolor. Finalmente, volvió a ver superficie. Emergió con cuidado. La estancia era pequeña, con apenas iluminación. Salió del agua. Aguzó los ojos, y estudió la sala como pudo. Notó un bulto en uno de los rincones. Sacó la linterna de la mochila, y trató de encenderla, pero fué imposible. No estaba mojada, pero no funcionaba. Supuso que se acabarían las baterias, o que los golpes la habían estropeado.

Probó mejor suerte con el mechero. Usó la poca luz para alumbrar hacia el bulto, manteniendo siembre la llama lejos de su cuerpo. El bulto resultaron ser los restos de un humano. Un cadaver comido por los gusanos, viejo, muy viejo. Estaba vestido con un pantalon corto, botas de montaña y una camisa. A su lado habia lo que parecia ser un libro.

Usando el mechero y sus ojos agudizados, se cercioró todo lo que pudo de que no hubiera más agujeros en las paredes. Se sentó cerca de su nuevo amigo, y tomó el libro. Lo abrió. El exlibris rezaba a nombre de Miguel Lucerna, y databa de 1972. Pasó la página y comenzó a leer con ayuda del mechero, mientras se concentraba en curar sus doloridas costillas.

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