
Vestido de traje negro de raya diplomática, camisa granate y sin corbata, zapatos marrón negros, el pelo suelto, y con un abrigo ancho y negro, Vladimir se acercó al Castillo, viéndolo por fuera, y con un sentimiento de añoranza...
Hacia MUCHO tiempo que había dejado atrás el castillo de su familia. Hubiera querido ser el señor de este castillo, adecentarlo, convertirlo en lo que debía ser, pero las circunstancias le habían llevado a dejar el edificio a otra persona. Esperaba, no, ansiaba que le diera el trato que merecía tan magna construcción. Esperaba también recibir un trato similar, y que lo que le había llevado hasta allí, su alianza con Giulietta Strozzi, diera frutos.
Se quito uno de los guantes de piel negra, y llamo a la puerta, esperando respuesta.
Dorian abrió la puerta.
- Buenas noches. Inclino respetuosamente la cabeza... Pase por favor, estoy seguro de que mi señora se alegrara de veros.
- Gracias
Introdujo los guantes en un bolsillo del abrigo y se lo quitó, buscando donde colgarlo. Se fijó en la decoración de la entrada. Y asintió levemente con la cabeza.
- Parece que os habéis dado prisa en adecentar esto, no puedo decir que el resultado me desagrade.
Dorian cerró la puerta.
- Bueno, aun no está todo terminado, faltan algunos muebles que están de camino y pequeños detalles, pero a gran escala podría decirse que está terminado.
Dorian extendió el brazo hacia Vladimir.
- Guardare su abrigo.
Dio el abrigo a Dorian, y con los brazos cruzados, avanzó hacia el centro de la estancia observando las paredes y techos, parándose también en los pequeños detalles, y los muebles.
Dorian guardo el abrigo en un pequeño armario guardarropa cerca de la entrada y se acerco al arzobispo.
- Sígame por favor, mi señora os recibirá ahora. Dorian se detuvo ante las minuciosamente talladas puertas del despacho que evocaban el purgatorio. Estas se abrieron solas lenta y pesadamente.
Metió sus manos en los bolsillos y observó como la puerta se abría, pensando en que aquello le sonaba de algo...
Cuando la puerta termino surecorrido, hizo una pequeña inclinación con la cabeza hacia Dorian y se dispuso a entrar en la sala.
Giulietta vio a Vladimir en el umbral de la puerta se levanto y se acerco a él.
- Buenas noches, pasad por favor.
Iba vestida con un sencillo traje negro de tirantes, largo hasta los tobillos, caminaba descalza por la alfombra burdeos que llevaba de la gran puerta al escritorio. Llevaba el pelo suelto, los negros rizos le caían por la espalda. No llevaba las gafas de sol.
- Pasad, perdonad estas pintas desaliñadas, pero no os esperaba tan pronto. Giulietta sonreía.
Sonrió al ver a cainita y la miro a sus enigmáticos ojos. Mirando sus hombros desnudos dijo:
- No os preocupéis, estáis bien así- tomó una de sus manos y besó suavemente el dorso.
Debo confesar que el trabajo de decoración está resultando espléndido - Abrió los brazos para abarcar la sala, mientras daba un par de pasos alrededor, sin mirar a nada en concreto, dando un barrido por la sala.
Giulietta no puedo ocultar la satisfacción que sentía al saber que al arzobispo le gustaba como había decorado la estancia.
- Por favor, sentíos libre de curiosear por donde queráis, o tomad asiento si lo preferís - dijo señalando las sillas cercanas al escritorio.
- ¿Os apetece algo de beber?
- Oh si, por supuesto, eso siempre, siempre que no pretendáis envenenarme, jajaja -rió amablemente mirando a los ojos de la mujer.
Ojeó la estantería más cercana, y se dirigió hacia ella.
- Veo que dedicáis tiempo a la lectura... y que tenéis gran predilección por las obras ocultistas -pasó los dedos por el lomo de un libro que tenia tacto de piel humana y se estremeció- Pero llama poderosamente mi atención la gran cantidad de libros y novelas que tratan de "retratar" a la Estirpe - paso el dedo índice y corazón de la mano derecha por el lomo de algunos libros de Anne Rice.
Se dio la vuelta y miró a Giulietta sonriendo, dio un paso hacia ella.
- ¿Se trata de un gusto adquirido cuando crecieron sus colmillos? ¿U os viene de antes? - recapacitó durante un instante - si no es indiscreción, claro.
Giulietta chasco los dedos y una sombra salió de la habitación atravesando una pared.
- La bebida está en camino. Giulietta se acerco a donde se encontraba Vladimir.
- En realidad de vez en cuando me gusta leer esos libros, son entretenidos y graciosos, es curioso los ojos con los que algunos creen vernos. Giulietta rio. En fin, me entretienen pero como podréis comprobar mis hábitos literarios están un poco alejados de lo "normal"...
- Tan alejados de lo normal como lo estamos vos y yo. - dijo en un tono de voz suave. - Sería imposible para nosotros volver a disfrutar de lecturas normales como en vida. Solo los Pijos serian capaces de hacerlo, y aun así, solo para conseguir recordarse a si mismo lo que perdieron, pobrecillos...
- Yo mismo me encuentro ahora dedicado a la lectura... ¿histórica? Los archivos de mi predecesor en el cargo. Tratan sobre una antigua civilización, los Tartessos, que estuvo asentada aquí, y su trato con la Estirpe. Lo interesante son las referencias a otras "criaturas fantásticas" que hace. Nada sobre lo que haya leído nunca, bueno si, quizás se parezcan lejanamente a las que habitaban la enfermiza mente del pobre Lovecraft...
Hizo un movimiento rápido con la cabeza y parpadeo un par de veces seguida. Se dio cuenta de que quizás había empezado a desvariar.
- Ehem, disculpadme, divago a veces. Bien, tengo entendido que queréis dar una fiesta aquí... ¿que tenéis planeado, a grosso modo?
Giulietta estaba complacida al ver que su invitado también era un amante de los libros. Los tartesos, claro que había oído hablar de ellos, uno de los pueblos prerrománicos que ocuparon la península (no era una de sus civilizaciones favoritas, pero le interesaban). H.P. Lovecraft... no le entusiasmaba, alguno de sus libros podría encontrarse en su biblioteca, acumulando polvo.
- Oh no, no es desvario, en realidad lo que decís resulta muy interesante, hace no mucho, antes de venir a España, estuve sumergida un pequeño estudio sobre los pueblos prerrománicos, un tema muy interesante, tal vez algún día me podáis contar tranquilamente que relación tenían con los nuestros
El sonido de una puerta interrumpió a la cainita, al fondo de la sala apareció una joven muchacha a medio camino de la pubertad, estaba ensimismada, tenía la mirada perdida. Giulietta se dirigió al escritorio. De encima de la chimenea que se encontraba tras el gran sillón cogió un par de copas de finísimo cristal con pie de plata, se acercó a la joven, quien apenas reparo en su presencia, paso su mano por la muñeca de esta y derramo la sangre sobre ambas copas, cuando estuvieron llenas las cogió y se acerco nuevamente al arzobispo, ofreciéndole una de ellas.
Vlad observó la escena.
Al ver a la chica algunas voces empezaron a berrear. Sangre, sexo y vísceras resonaban con gritos e imágenes en su cabeza. Se acentuó mas cuando vio a Giulietta verter la sangre directamente desde las muñecas a las copas. Su respiración se aceleró ligeramente. Sentía dolor y miedo por la chica, pero a la vez estaba placenteramente agitado.
Cuando tuvo la copa en su mano, no pudo evitar acercarse a la muchacha. Pasó una mano por delante de sus ojos un par de veces, pero ella no respondió.
- ¿Como habéis inducido semejante estado de indolencia? - Intentó mirarla a los ojos, pero ella tenía la famosa mirada de los mil metros, mirando hacia delante, con la cabeza a mil kilómetros de allí.
Giulietta miro fijamente a los ojos de Vladimir y respondió con seriedad.
- Os puedo asegurar que esta joven no está bajo el efecto de ninguna droga o estupefaciente, esas cosas tan insulsas no son necesarias si se puede controlar su mente. Si os preocupa su calidad puedo deciros que el cuerpo de esta muchacha nunca ha sido corrompido por nada, y su sangre es muy pura...
La cainita acerco la copa a sus labios y bebió.
- Tsss, tranquilidad, era solo curiosidad - bebió de un trago la copa y la puso en la mesa.
El sabor de la sangre de virgen hizo revolverse todo su ser. Sexo, sangre y vísceras aparecían en su mente, en susurros, alaridos, gemidos e imágenes de muertes y recuerdos pasados.
Tomo con sus manos la cara de la niña, y la acercó hacia sí. Ella se movió como una muñeca de trapo, y quedaron pegados. Notaba el calor de su cuerpo, y su olor. Olor a pureza, olor inocencia, olor a sangre. Un rugido de su bestia hincho su pecho, lo expulso en forma de una larga exhalación, agarrando la cara de la niña con más fuerza. Sus mejillas, cejas y labios desplazadas de su posición habitual conformaban algo parecido a una mueca de dolor. Llegó al clímax de sentimientos enfrentados, pena y placer, por lo que quería hacer, por lo que quizás haría, si podía, y lo que debía hacer, el ritual al que sometía a cada víctima.
Miró a los ojos de la niña. Y la vio abierta de par en par:
Su mente era un gran charco blanco, con pequeñas islitas de recuerdos. No podía verlos, como imágenes, pero podía sentirlos. Las voces de su cabeza lloraban con voz de bebé, susurraban, sugerían, creaban en su mente el deseo de huir, huir de casa, empezar otra vez. Después le sobrevino una oleada de esperanza, sentía que la salvación se encarnaba en una persona...a tu espalda...sintió el susurro en el fondo de su cerebro. Había clavado las uñas en la cara de la niña, que sangraba, y gemía ligeramente por el dolor. La estaba levantando del suelo. Entonces llegó al maelstrom, una mezcla de dolor y terror ocultos bajo capas comodidad, candidez y esperanzas cambiantes. Él comenzó a llorar, presa del terror de la niña. Y sintió que en su infinita misericordia solo podía hacer una cosa.
Giró la cabeza hacia Giulietta, las lagrimas corrían por sus mejillas, y la miró a los ojos como ido, con un gesto de miedo y dolor a la vez, esperando una señal por su parte. Giulietta miro impasible la escena. La pequeña había causando sensación al arzobispo. Ante la mirada de Vladimir la cainita asintió lentamente.
- Es vuestra.
Su boca se torció en una sonrisa sadico-psicotica, mientras que la sola visión de sus ojos rompería el corazón del más taimado caballero.
Se volvió hacia la niña, la soltó en el suelo y acarició su cara y sus cabellos. Ella le miraba temerosa, con los ojos humedecidos por las lágrimas. Su cuerpo entero temblaba. Él le dedico una cándida sonrisa y limpió las lagrimas de ella con los pulgares, manchándole la cara con la mezcla de sangre y las lagrimas que surgían de donde él había clavado sus uñas. La miró a los ojos, y susurró unas palabras que solo la niña oyó en su cabeza. Siguió acariciando su pelo mientras lo hacía, y aspirando su aroma, que mezclado con el de la sangre, le volvía loco por dentro. Poco a poco los temblores de ella cesaban, su rostro se tornó en un gesto de tranquilidad, mientras él seguía susurrando esas inaudibles palabras. Sin embargo, él ardía por dentro, el ansia le consumía, el deseo y el hambre se hacían fuertes en su rota mente...
El joven rostro de la chiquilla se tornó en una mirada de compasión cuando se dio cuenta de que él lloraba, mirándola y acariciándola, balbuceando en un desgarrador llanto. Inocentemente, puso sus pequeñas y suaves manos sobre las delgadas y huesudas manos del Arzobispo, y las asió, llevándolas hacia su boca. Comenzó a besar los largos dedos, limpiándolos de su sangre, sin apartar los ojos de los del Arzobispo, cuyos hombros se revolvían espasmódicamente. Él cayó de rodillas, su cuerpo pegado al de ella, cara a cara. Aproximo su rostro al suyo, como para besarla. Cerró los ojos, y dio un suave beso en la pálida frente de la chiquilla, que cerró los ojos.
Él volvió a poner sus manos en las mejillas de la niña, que pasó sus brazos por encima de los hombros del cainita, abrazándose a su cabeza. Atrayéndolo hacia sí. Finalmente, se fundieron en un apasionado beso. Él mordió su labio inferior, haciendo que brotara la sangre. Ella se estremeció y gimió, apretándolo más contra ella. Su respiración subió de ritmo cuando él comenzó a acariciar su joven cuerpo. Mordió el labio del Arzobispo, comulgando en impía comunión con él.
Fue él quien rompió el beso, recorriendo el contorno de sus apenas desarrolladas caderas con las manos, besando su barbilla, su cuello. Ella siguió apretándolo contra su cuerpo, clavando sus uñas en su cabeza, enroscó sus piernas alrededor de la cintura del cainita, emitiendo ligeros gemidos. El la aferró fuertemente, cerró los ojos, y mordió su cuello. El grito de la chiquilla, mezcla de pasión y dolor, éxtasis fruto del Beso, resonó en la sala. Y bebió...
Notaba como su temblor se apagaba, como clavaba sus uñas con más fuerza, intentando luchar. Pero su destino era inevitable. Poco podía hacer ya. Finalmente, sus bracitos perdieron fuerza y la presa de sus piernas se soltó. Él tomó su cuerpo en sus brazos, mirando su cara, y la depositó delicadamente en el suelo. Con una sola rodilla en el suelo, la miró a los ojos, abiertos y perdidos en la distancia, y posó una mano en su mejilla.
...únete a mí, vive para y por mí, dentro de mi...
Cerró los ojos de la niña. Ella gritó en su cabeza, y su voz fue perdiéndose en el fondo de su mente.
...para siempre.
Se levantó y e inspeccionó su traje, buscando las manchas de sangre, no le agradaba estropear un buen traje. Con un rostro sombrío, aun algo descompuesto y la mirada algo ida, se dirigió a Giulietta:
-Dad un sepulcro decente a esta pobre criatura. No pongáis nombre alguno en su lapida.
Se llevó una mano a la frente, y resopló.
- De... ¿de qué hablábamos?
Giulietta miraba la escena sin mostrar el menor sentimiento, no era la primera vez que presenciaba algo semejante, había visto y hecho cosas mucho peores en las que era mejor no pensar...
Cuando el arzobispo pareció recuperar la compostura se dirigió a él, con seriedad y respeto, asiéndole de la mano le condujo al escritorio y le indico con un gesto que se sentara en una de las aterciopeladas sillas, ella en vez de sentarse en el gran sillón de cuero negro que presidia la salase sentó a su lado, de igual a igual.
- Creo recordar que me preguntasteis por la fiesta que tengo pensado dar próximamente...
Se dejó llevar por la mujer, como absorto. Mas que sentarse, se dejo caer en la silla, como un muñeco de trapo. Se pasó una mano por la cara, y resopló profundamente. Se quedó mirando al infinito.
Giulietta se quedo mirando al arzobispo, reacciona ya, pensó. Se levanto de la silla y apoyo la mano en el hombro del cainita.
- ¿Vladimir?
Vlad desvió su mirada hacia la mano que le tocaba el hombro. Siguió el brazo, y fue subiendo, hacia el codo, después hacia el hombro, el cuello, la barbilla, la boca, la nariz, y los ojos
Cerró y abrió los ojos rápidamente, con un ligero espasmo nervioso en sus hombros. Vio el rostro de la mujer como un todo, en vez de diferentes partes, y tomó la mano de su hombro. Miró la mano profundamente.
- Euhm? Si, disculpadme, suele pasarme después de...
Miraba la mano por que sentía que no podía mirarla a la cara. No de momento. Necesitaba un pequeño tiempo de recuperación. Se había convertido en un animal delante de ella, aunque no había sido demasiado grave, pero dada su posición, y el hecho de no conocerla desde hacía mucho le impedía mostrarse como antes. Se recompuso en su asiento, y señaló con la otra mano la silla que había a su lado.
- Vuestra fiesta, ¿qué tenéis planeado? ¿Necesitais algo?
Giulietta retiro su mano del hombro de Vladimir y tomo asiento, notaba la incomodidad del arzobispo, lo cual le hacía sentirse incomoda al mismo tiempo, ¿pero qué le pasa? tal vez no debí haberle puesto la mano en el hombro, o directamente no haber sacado a la pequeña Gabriela, ese era el nombre de la desdichada niña, o tal vez sea yo quien le incomoda... dichosos ojos ¿donde están mis gafas de sol?, miro a su alrededor con disimulo pero las gafas no estaban, debía haberlas dejado en otra habitación...
- Bueno, la fiesta. Pretendo invitar a todos los cainitas de la ciudad, quisiera darme a conocer, no me resulta fácil entablar relaciones con los demás, así que, he pensado que mejor sufrir de golpe una noche que estar atormentándome cada día. Mandare una carta personal a los miembros más "destacados" de la ciudad, y hare llegar al resto, la fecha del acontecimiento. Realmente lo que espero de vos es que acudáis y apoyéis, conocéis mejor que yo esta ciudad y a sus nocturnos habitantes, además, es posible que ciertos detalles a mi parecer exquisitos no sean del gusto de cierto tipo de invitados... quien sabe lo que puede llegar a pasar.
Vlad cerró los ojos y resopló, levantando el rostro, como mirando al techo. Aún tenía la mano de la mujer en la suya. Notó algo de nerviosismo en ella, como si buscara algo, así que apretó suavemente la mano y movió los labios con palabras que solo ella oiría, en lo más profundo de su mente. Eran palabras sobre paz interior, relajación y calma. Ojalá pudiera hacerlo también consigo mismo, y que funcionara...
- Si queréis puedo ayudaros para que la noticia se extienda entre los cainitas. - dijo con los ojos cerrados y "mirando" al techo. - Sobre los detalles... es imposible que una fiesta agrade a todo el mundo... -recordó lo que le hizo la Príncipe en la fiesta de fin de año de Silvina. - Y hay ciertos personajes a los que quiero que desagraden especialmente.
La voz de Vladimir hizo que se relajara en extremo, o al menos ella creyó que se trataba de su voz, dejo de sentirse incomoda y se olvido de sus gafas de sol.
- Bueno, siendo quiénes somos y sabiendo cómo son ellos, no es difícil desagradarles, hay pequeños detalles que les pueden llegar a resultar molestos, pero estoy abierta a cualquier tipo de consejo.
Volvía a recuperar a confianza en sí misma momentáneamente pérdida.
Ahora que la notó más relajada, soltó su mano, y se la llevó a la barbilla, en un gesto pensativo. Tenía sus ojos a la altura de los de ella, pero no los miraba directamente.
- Hmmm, estoy seguro de que seréis capaz de arreglároslas muy bien. Dejad que me ocupe del anuncio oficial, y aseguraos de preparar algo "digno" para nuestra querida Marian.
Crujió los dedos de su mano derecha al cerrar el puño.
- Bien, quizás sea el momento de marcharme, a pesar de la compañía y la conversación, a no ser que se os ofrezca alguna cosa más...
Dudó por un momento, no sabiendo si terminar la conversación, o intentar estirarla...
- Errm, ¿tenéis algo más "concreto" pensado para vuestra presentación en sociedad?
A pesar de estar más tranquila y menos incomoda notaba como el arzobispo evitaba mirarla directamente a los ojos, volvió a acordarse de sus gafas, pero al no tenerlas a mano creyó que lo más oportuno seria apartar sus ojos de él, así que sitio hablando pero sin mirarle, su mirada vagaba por la estancia, se posaba sobre un cuadro que ya tenía más que visto o sobre cualquier insignificancia.
- Perdonadme, no me había dado cuenta, seguro que tenéis cosas más importantes que hacer y asuntos que requieran de vuestra presencia. Al fin y al cabo no es más que una "simple" fiesta, si lo deseáis os mandare mis ideas a vuestra dirección de correo electrónico para que les echéis un vistazo cuando lo creáis oportuno. Podreis enviar vuestras respuestas a la dirección remitente.
Vlad no pudo evitar sentirse algo decepcionado al saber que tenia razón y se había equivocado al intentar estirar la conversación. Ya era hora de marcharse...para una vez que salía... Se levantó, y tomó la mano de la mujer otra vez.
-Bien, esperaré noticias suyas. No siempre tiene uno la oportunidad de organizar una fiesta. - Sonrió. - Espero volver a visitaros pronto, o que hagáis lo propio.
Giulietta estaba seria, más que de costumbre, se levanto y se dirigió al arzobispo (sin mirarle a los ojos).
- Os acompañare a la puerta.
Se giro un tras dar un par de pasos espero a que Vladimir hiciera lo propio.
Se percató de que ella actuaba de forma extraña. ¿Quizás por su negativa a mirarla a los ojos durante un buen rato? ¿Estaba acomplejada y se había molestado?, habia sido algo fortuito,... bueno, da igual, pensó, ya se arreglará..., supongo
Se ajustó las gafas, sonrió, metió las manos en los bolsillos, y la siguió, caminando prácticamente a su altura, mirando al frente.
Las puertas de la sala se abrieron aparentemente solas, pero no por acción de ningún ingenioso pero inútil mecanismo, unas sombras las movían. Finalmente llegaron a la entrada del castillo, donde Dorian aguardaba con el abrigo del arzobispo.
- Aquí tiene señor. -
- Bien, pronto tendrá noticias mías, espero poder mantener el contacto con usted.
Tomo el abrigo de las manos de Dorian y se lo puso. Tras entregárselo el mortal hizo un leve inclinamiento con la cabeza y se fue en dirección hacia las escaleras que llevaban al segundo piso, la oscuridad del pasillo pareció habérselo tragado. Giulietta se giro hacia el arzobispo, quien mientras se ajustaba los guantes dijo:
- Por supuesto, ya sabe dónde encontrarme. Inclino ligeramente la cabeza. Dorian...-dijo para despedirse del hombre, y se alejó caminando hacia la oscuridad de la noche.
Giulietta se dio la vuelva de camino al despacho, cuando vio donde estaban las gafas, las había dejado en la entrada, las cogió, y con ellas en la mano atravesó la puerta del purgatorio y se sentó en su escritorio, tenía muchas cosas que hacer, la fiesta debía ser algo "especial".
Hacia MUCHO tiempo que había dejado atrás el castillo de su familia. Hubiera querido ser el señor de este castillo, adecentarlo, convertirlo en lo que debía ser, pero las circunstancias le habían llevado a dejar el edificio a otra persona. Esperaba, no, ansiaba que le diera el trato que merecía tan magna construcción. Esperaba también recibir un trato similar, y que lo que le había llevado hasta allí, su alianza con Giulietta Strozzi, diera frutos.
Se quito uno de los guantes de piel negra, y llamo a la puerta, esperando respuesta.
Dorian abrió la puerta.
- Buenas noches. Inclino respetuosamente la cabeza... Pase por favor, estoy seguro de que mi señora se alegrara de veros.
- Gracias
Introdujo los guantes en un bolsillo del abrigo y se lo quitó, buscando donde colgarlo. Se fijó en la decoración de la entrada. Y asintió levemente con la cabeza.
- Parece que os habéis dado prisa en adecentar esto, no puedo decir que el resultado me desagrade.
Dorian cerró la puerta.
- Bueno, aun no está todo terminado, faltan algunos muebles que están de camino y pequeños detalles, pero a gran escala podría decirse que está terminado.
Dorian extendió el brazo hacia Vladimir.
- Guardare su abrigo.
Dio el abrigo a Dorian, y con los brazos cruzados, avanzó hacia el centro de la estancia observando las paredes y techos, parándose también en los pequeños detalles, y los muebles.
Dorian guardo el abrigo en un pequeño armario guardarropa cerca de la entrada y se acerco al arzobispo.
- Sígame por favor, mi señora os recibirá ahora. Dorian se detuvo ante las minuciosamente talladas puertas del despacho que evocaban el purgatorio. Estas se abrieron solas lenta y pesadamente.
Metió sus manos en los bolsillos y observó como la puerta se abría, pensando en que aquello le sonaba de algo...
Cuando la puerta termino surecorrido, hizo una pequeña inclinación con la cabeza hacia Dorian y se dispuso a entrar en la sala.
Giulietta vio a Vladimir en el umbral de la puerta se levanto y se acerco a él.
- Buenas noches, pasad por favor.
Iba vestida con un sencillo traje negro de tirantes, largo hasta los tobillos, caminaba descalza por la alfombra burdeos que llevaba de la gran puerta al escritorio. Llevaba el pelo suelto, los negros rizos le caían por la espalda. No llevaba las gafas de sol.
- Pasad, perdonad estas pintas desaliñadas, pero no os esperaba tan pronto. Giulietta sonreía.
Sonrió al ver a cainita y la miro a sus enigmáticos ojos. Mirando sus hombros desnudos dijo:
- No os preocupéis, estáis bien así- tomó una de sus manos y besó suavemente el dorso.
Debo confesar que el trabajo de decoración está resultando espléndido - Abrió los brazos para abarcar la sala, mientras daba un par de pasos alrededor, sin mirar a nada en concreto, dando un barrido por la sala.
Giulietta no puedo ocultar la satisfacción que sentía al saber que al arzobispo le gustaba como había decorado la estancia.
- Por favor, sentíos libre de curiosear por donde queráis, o tomad asiento si lo preferís - dijo señalando las sillas cercanas al escritorio.
- ¿Os apetece algo de beber?
- Oh si, por supuesto, eso siempre, siempre que no pretendáis envenenarme, jajaja -rió amablemente mirando a los ojos de la mujer.
Ojeó la estantería más cercana, y se dirigió hacia ella.
- Veo que dedicáis tiempo a la lectura... y que tenéis gran predilección por las obras ocultistas -pasó los dedos por el lomo de un libro que tenia tacto de piel humana y se estremeció- Pero llama poderosamente mi atención la gran cantidad de libros y novelas que tratan de "retratar" a la Estirpe - paso el dedo índice y corazón de la mano derecha por el lomo de algunos libros de Anne Rice.
Se dio la vuelta y miró a Giulietta sonriendo, dio un paso hacia ella.
- ¿Se trata de un gusto adquirido cuando crecieron sus colmillos? ¿U os viene de antes? - recapacitó durante un instante - si no es indiscreción, claro.
Giulietta chasco los dedos y una sombra salió de la habitación atravesando una pared.
- La bebida está en camino. Giulietta se acerco a donde se encontraba Vladimir.
- En realidad de vez en cuando me gusta leer esos libros, son entretenidos y graciosos, es curioso los ojos con los que algunos creen vernos. Giulietta rio. En fin, me entretienen pero como podréis comprobar mis hábitos literarios están un poco alejados de lo "normal"...
- Tan alejados de lo normal como lo estamos vos y yo. - dijo en un tono de voz suave. - Sería imposible para nosotros volver a disfrutar de lecturas normales como en vida. Solo los Pijos serian capaces de hacerlo, y aun así, solo para conseguir recordarse a si mismo lo que perdieron, pobrecillos...
- Yo mismo me encuentro ahora dedicado a la lectura... ¿histórica? Los archivos de mi predecesor en el cargo. Tratan sobre una antigua civilización, los Tartessos, que estuvo asentada aquí, y su trato con la Estirpe. Lo interesante son las referencias a otras "criaturas fantásticas" que hace. Nada sobre lo que haya leído nunca, bueno si, quizás se parezcan lejanamente a las que habitaban la enfermiza mente del pobre Lovecraft...
Hizo un movimiento rápido con la cabeza y parpadeo un par de veces seguida. Se dio cuenta de que quizás había empezado a desvariar.
- Ehem, disculpadme, divago a veces. Bien, tengo entendido que queréis dar una fiesta aquí... ¿que tenéis planeado, a grosso modo?
Giulietta estaba complacida al ver que su invitado también era un amante de los libros. Los tartesos, claro que había oído hablar de ellos, uno de los pueblos prerrománicos que ocuparon la península (no era una de sus civilizaciones favoritas, pero le interesaban). H.P. Lovecraft... no le entusiasmaba, alguno de sus libros podría encontrarse en su biblioteca, acumulando polvo.
- Oh no, no es desvario, en realidad lo que decís resulta muy interesante, hace no mucho, antes de venir a España, estuve sumergida un pequeño estudio sobre los pueblos prerrománicos, un tema muy interesante, tal vez algún día me podáis contar tranquilamente que relación tenían con los nuestros
El sonido de una puerta interrumpió a la cainita, al fondo de la sala apareció una joven muchacha a medio camino de la pubertad, estaba ensimismada, tenía la mirada perdida. Giulietta se dirigió al escritorio. De encima de la chimenea que se encontraba tras el gran sillón cogió un par de copas de finísimo cristal con pie de plata, se acercó a la joven, quien apenas reparo en su presencia, paso su mano por la muñeca de esta y derramo la sangre sobre ambas copas, cuando estuvieron llenas las cogió y se acerco nuevamente al arzobispo, ofreciéndole una de ellas.
Vlad observó la escena.
Al ver a la chica algunas voces empezaron a berrear. Sangre, sexo y vísceras resonaban con gritos e imágenes en su cabeza. Se acentuó mas cuando vio a Giulietta verter la sangre directamente desde las muñecas a las copas. Su respiración se aceleró ligeramente. Sentía dolor y miedo por la chica, pero a la vez estaba placenteramente agitado.
Cuando tuvo la copa en su mano, no pudo evitar acercarse a la muchacha. Pasó una mano por delante de sus ojos un par de veces, pero ella no respondió.
- ¿Como habéis inducido semejante estado de indolencia? - Intentó mirarla a los ojos, pero ella tenía la famosa mirada de los mil metros, mirando hacia delante, con la cabeza a mil kilómetros de allí.
Giulietta miro fijamente a los ojos de Vladimir y respondió con seriedad.
- Os puedo asegurar que esta joven no está bajo el efecto de ninguna droga o estupefaciente, esas cosas tan insulsas no son necesarias si se puede controlar su mente. Si os preocupa su calidad puedo deciros que el cuerpo de esta muchacha nunca ha sido corrompido por nada, y su sangre es muy pura...
La cainita acerco la copa a sus labios y bebió.
- Tsss, tranquilidad, era solo curiosidad - bebió de un trago la copa y la puso en la mesa.
El sabor de la sangre de virgen hizo revolverse todo su ser. Sexo, sangre y vísceras aparecían en su mente, en susurros, alaridos, gemidos e imágenes de muertes y recuerdos pasados.
Tomo con sus manos la cara de la niña, y la acercó hacia sí. Ella se movió como una muñeca de trapo, y quedaron pegados. Notaba el calor de su cuerpo, y su olor. Olor a pureza, olor inocencia, olor a sangre. Un rugido de su bestia hincho su pecho, lo expulso en forma de una larga exhalación, agarrando la cara de la niña con más fuerza. Sus mejillas, cejas y labios desplazadas de su posición habitual conformaban algo parecido a una mueca de dolor. Llegó al clímax de sentimientos enfrentados, pena y placer, por lo que quería hacer, por lo que quizás haría, si podía, y lo que debía hacer, el ritual al que sometía a cada víctima.
Miró a los ojos de la niña. Y la vio abierta de par en par:
Su mente era un gran charco blanco, con pequeñas islitas de recuerdos. No podía verlos, como imágenes, pero podía sentirlos. Las voces de su cabeza lloraban con voz de bebé, susurraban, sugerían, creaban en su mente el deseo de huir, huir de casa, empezar otra vez. Después le sobrevino una oleada de esperanza, sentía que la salvación se encarnaba en una persona...a tu espalda...sintió el susurro en el fondo de su cerebro. Había clavado las uñas en la cara de la niña, que sangraba, y gemía ligeramente por el dolor. La estaba levantando del suelo. Entonces llegó al maelstrom, una mezcla de dolor y terror ocultos bajo capas comodidad, candidez y esperanzas cambiantes. Él comenzó a llorar, presa del terror de la niña. Y sintió que en su infinita misericordia solo podía hacer una cosa.
Giró la cabeza hacia Giulietta, las lagrimas corrían por sus mejillas, y la miró a los ojos como ido, con un gesto de miedo y dolor a la vez, esperando una señal por su parte. Giulietta miro impasible la escena. La pequeña había causando sensación al arzobispo. Ante la mirada de Vladimir la cainita asintió lentamente.
- Es vuestra.
Su boca se torció en una sonrisa sadico-psicotica, mientras que la sola visión de sus ojos rompería el corazón del más taimado caballero.
Se volvió hacia la niña, la soltó en el suelo y acarició su cara y sus cabellos. Ella le miraba temerosa, con los ojos humedecidos por las lágrimas. Su cuerpo entero temblaba. Él le dedico una cándida sonrisa y limpió las lagrimas de ella con los pulgares, manchándole la cara con la mezcla de sangre y las lagrimas que surgían de donde él había clavado sus uñas. La miró a los ojos, y susurró unas palabras que solo la niña oyó en su cabeza. Siguió acariciando su pelo mientras lo hacía, y aspirando su aroma, que mezclado con el de la sangre, le volvía loco por dentro. Poco a poco los temblores de ella cesaban, su rostro se tornó en un gesto de tranquilidad, mientras él seguía susurrando esas inaudibles palabras. Sin embargo, él ardía por dentro, el ansia le consumía, el deseo y el hambre se hacían fuertes en su rota mente...
El joven rostro de la chiquilla se tornó en una mirada de compasión cuando se dio cuenta de que él lloraba, mirándola y acariciándola, balbuceando en un desgarrador llanto. Inocentemente, puso sus pequeñas y suaves manos sobre las delgadas y huesudas manos del Arzobispo, y las asió, llevándolas hacia su boca. Comenzó a besar los largos dedos, limpiándolos de su sangre, sin apartar los ojos de los del Arzobispo, cuyos hombros se revolvían espasmódicamente. Él cayó de rodillas, su cuerpo pegado al de ella, cara a cara. Aproximo su rostro al suyo, como para besarla. Cerró los ojos, y dio un suave beso en la pálida frente de la chiquilla, que cerró los ojos.
Él volvió a poner sus manos en las mejillas de la niña, que pasó sus brazos por encima de los hombros del cainita, abrazándose a su cabeza. Atrayéndolo hacia sí. Finalmente, se fundieron en un apasionado beso. Él mordió su labio inferior, haciendo que brotara la sangre. Ella se estremeció y gimió, apretándolo más contra ella. Su respiración subió de ritmo cuando él comenzó a acariciar su joven cuerpo. Mordió el labio del Arzobispo, comulgando en impía comunión con él.
Fue él quien rompió el beso, recorriendo el contorno de sus apenas desarrolladas caderas con las manos, besando su barbilla, su cuello. Ella siguió apretándolo contra su cuerpo, clavando sus uñas en su cabeza, enroscó sus piernas alrededor de la cintura del cainita, emitiendo ligeros gemidos. El la aferró fuertemente, cerró los ojos, y mordió su cuello. El grito de la chiquilla, mezcla de pasión y dolor, éxtasis fruto del Beso, resonó en la sala. Y bebió...
Notaba como su temblor se apagaba, como clavaba sus uñas con más fuerza, intentando luchar. Pero su destino era inevitable. Poco podía hacer ya. Finalmente, sus bracitos perdieron fuerza y la presa de sus piernas se soltó. Él tomó su cuerpo en sus brazos, mirando su cara, y la depositó delicadamente en el suelo. Con una sola rodilla en el suelo, la miró a los ojos, abiertos y perdidos en la distancia, y posó una mano en su mejilla.
...únete a mí, vive para y por mí, dentro de mi...
Cerró los ojos de la niña. Ella gritó en su cabeza, y su voz fue perdiéndose en el fondo de su mente.
...para siempre.
Se levantó y e inspeccionó su traje, buscando las manchas de sangre, no le agradaba estropear un buen traje. Con un rostro sombrío, aun algo descompuesto y la mirada algo ida, se dirigió a Giulietta:
-Dad un sepulcro decente a esta pobre criatura. No pongáis nombre alguno en su lapida.
Se llevó una mano a la frente, y resopló.
- De... ¿de qué hablábamos?
Giulietta miraba la escena sin mostrar el menor sentimiento, no era la primera vez que presenciaba algo semejante, había visto y hecho cosas mucho peores en las que era mejor no pensar...
Cuando el arzobispo pareció recuperar la compostura se dirigió a él, con seriedad y respeto, asiéndole de la mano le condujo al escritorio y le indico con un gesto que se sentara en una de las aterciopeladas sillas, ella en vez de sentarse en el gran sillón de cuero negro que presidia la salase sentó a su lado, de igual a igual.
- Creo recordar que me preguntasteis por la fiesta que tengo pensado dar próximamente...
Se dejó llevar por la mujer, como absorto. Mas que sentarse, se dejo caer en la silla, como un muñeco de trapo. Se pasó una mano por la cara, y resopló profundamente. Se quedó mirando al infinito.
Giulietta se quedo mirando al arzobispo, reacciona ya, pensó. Se levanto de la silla y apoyo la mano en el hombro del cainita.
- ¿Vladimir?
Vlad desvió su mirada hacia la mano que le tocaba el hombro. Siguió el brazo, y fue subiendo, hacia el codo, después hacia el hombro, el cuello, la barbilla, la boca, la nariz, y los ojos
Cerró y abrió los ojos rápidamente, con un ligero espasmo nervioso en sus hombros. Vio el rostro de la mujer como un todo, en vez de diferentes partes, y tomó la mano de su hombro. Miró la mano profundamente.
- Euhm? Si, disculpadme, suele pasarme después de...
Miraba la mano por que sentía que no podía mirarla a la cara. No de momento. Necesitaba un pequeño tiempo de recuperación. Se había convertido en un animal delante de ella, aunque no había sido demasiado grave, pero dada su posición, y el hecho de no conocerla desde hacía mucho le impedía mostrarse como antes. Se recompuso en su asiento, y señaló con la otra mano la silla que había a su lado.
- Vuestra fiesta, ¿qué tenéis planeado? ¿Necesitais algo?
Giulietta retiro su mano del hombro de Vladimir y tomo asiento, notaba la incomodidad del arzobispo, lo cual le hacía sentirse incomoda al mismo tiempo, ¿pero qué le pasa? tal vez no debí haberle puesto la mano en el hombro, o directamente no haber sacado a la pequeña Gabriela, ese era el nombre de la desdichada niña, o tal vez sea yo quien le incomoda... dichosos ojos ¿donde están mis gafas de sol?, miro a su alrededor con disimulo pero las gafas no estaban, debía haberlas dejado en otra habitación...
- Bueno, la fiesta. Pretendo invitar a todos los cainitas de la ciudad, quisiera darme a conocer, no me resulta fácil entablar relaciones con los demás, así que, he pensado que mejor sufrir de golpe una noche que estar atormentándome cada día. Mandare una carta personal a los miembros más "destacados" de la ciudad, y hare llegar al resto, la fecha del acontecimiento. Realmente lo que espero de vos es que acudáis y apoyéis, conocéis mejor que yo esta ciudad y a sus nocturnos habitantes, además, es posible que ciertos detalles a mi parecer exquisitos no sean del gusto de cierto tipo de invitados... quien sabe lo que puede llegar a pasar.
Vlad cerró los ojos y resopló, levantando el rostro, como mirando al techo. Aún tenía la mano de la mujer en la suya. Notó algo de nerviosismo en ella, como si buscara algo, así que apretó suavemente la mano y movió los labios con palabras que solo ella oiría, en lo más profundo de su mente. Eran palabras sobre paz interior, relajación y calma. Ojalá pudiera hacerlo también consigo mismo, y que funcionara...
- Si queréis puedo ayudaros para que la noticia se extienda entre los cainitas. - dijo con los ojos cerrados y "mirando" al techo. - Sobre los detalles... es imposible que una fiesta agrade a todo el mundo... -recordó lo que le hizo la Príncipe en la fiesta de fin de año de Silvina. - Y hay ciertos personajes a los que quiero que desagraden especialmente.
La voz de Vladimir hizo que se relajara en extremo, o al menos ella creyó que se trataba de su voz, dejo de sentirse incomoda y se olvido de sus gafas de sol.
- Bueno, siendo quiénes somos y sabiendo cómo son ellos, no es difícil desagradarles, hay pequeños detalles que les pueden llegar a resultar molestos, pero estoy abierta a cualquier tipo de consejo.
Volvía a recuperar a confianza en sí misma momentáneamente pérdida.
Ahora que la notó más relajada, soltó su mano, y se la llevó a la barbilla, en un gesto pensativo. Tenía sus ojos a la altura de los de ella, pero no los miraba directamente.
- Hmmm, estoy seguro de que seréis capaz de arreglároslas muy bien. Dejad que me ocupe del anuncio oficial, y aseguraos de preparar algo "digno" para nuestra querida Marian.
Crujió los dedos de su mano derecha al cerrar el puño.
- Bien, quizás sea el momento de marcharme, a pesar de la compañía y la conversación, a no ser que se os ofrezca alguna cosa más...
Dudó por un momento, no sabiendo si terminar la conversación, o intentar estirarla...
- Errm, ¿tenéis algo más "concreto" pensado para vuestra presentación en sociedad?
A pesar de estar más tranquila y menos incomoda notaba como el arzobispo evitaba mirarla directamente a los ojos, volvió a acordarse de sus gafas, pero al no tenerlas a mano creyó que lo más oportuno seria apartar sus ojos de él, así que sitio hablando pero sin mirarle, su mirada vagaba por la estancia, se posaba sobre un cuadro que ya tenía más que visto o sobre cualquier insignificancia.
- Perdonadme, no me había dado cuenta, seguro que tenéis cosas más importantes que hacer y asuntos que requieran de vuestra presencia. Al fin y al cabo no es más que una "simple" fiesta, si lo deseáis os mandare mis ideas a vuestra dirección de correo electrónico para que les echéis un vistazo cuando lo creáis oportuno. Podreis enviar vuestras respuestas a la dirección remitente.
Vlad no pudo evitar sentirse algo decepcionado al saber que tenia razón y se había equivocado al intentar estirar la conversación. Ya era hora de marcharse...para una vez que salía... Se levantó, y tomó la mano de la mujer otra vez.
-Bien, esperaré noticias suyas. No siempre tiene uno la oportunidad de organizar una fiesta. - Sonrió. - Espero volver a visitaros pronto, o que hagáis lo propio.
Giulietta estaba seria, más que de costumbre, se levanto y se dirigió al arzobispo (sin mirarle a los ojos).
- Os acompañare a la puerta.
Se giro un tras dar un par de pasos espero a que Vladimir hiciera lo propio.
Se percató de que ella actuaba de forma extraña. ¿Quizás por su negativa a mirarla a los ojos durante un buen rato? ¿Estaba acomplejada y se había molestado?, habia sido algo fortuito,... bueno, da igual, pensó, ya se arreglará..., supongo
Se ajustó las gafas, sonrió, metió las manos en los bolsillos, y la siguió, caminando prácticamente a su altura, mirando al frente.
Las puertas de la sala se abrieron aparentemente solas, pero no por acción de ningún ingenioso pero inútil mecanismo, unas sombras las movían. Finalmente llegaron a la entrada del castillo, donde Dorian aguardaba con el abrigo del arzobispo.
- Aquí tiene señor. -
- Bien, pronto tendrá noticias mías, espero poder mantener el contacto con usted.
Tomo el abrigo de las manos de Dorian y se lo puso. Tras entregárselo el mortal hizo un leve inclinamiento con la cabeza y se fue en dirección hacia las escaleras que llevaban al segundo piso, la oscuridad del pasillo pareció habérselo tragado. Giulietta se giro hacia el arzobispo, quien mientras se ajustaba los guantes dijo:
- Por supuesto, ya sabe dónde encontrarme. Inclino ligeramente la cabeza. Dorian...-dijo para despedirse del hombre, y se alejó caminando hacia la oscuridad de la noche.
Giulietta se dio la vuelva de camino al despacho, cuando vio donde estaban las gafas, las había dejado en la entrada, las cogió, y con ellas en la mano atravesó la puerta del purgatorio y se sentó en su escritorio, tenía muchas cosas que hacer, la fiesta debía ser algo "especial".
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