jueves, 21 de julio de 2005

Huida repentina

Giulietta se alegraba de haber matado a Samuel, si no lo hubiera hecho Vladimir le hubiera interrogado, y estaba segura de que no protegería a una traidora...

- Cuando me comentaste que sentías que alguien te acechaba hablé con algunos contactos y alerté a Dorian, no te dije nada para no preocuparte, - sus manos se posaron en los hombros de Vladimir - hace unas horas recibí una llamada, al parecer alguien quiere verte muerto. Me dijeron que un asesino estaba aquí para acabar contigo, y al recordar que Dorian mencionó a un recien llegado a la ciudad vine corriendo... - se separó del cainita, tomó asiento en una silla cercana.

Vladimir, apoyado en el gran escritorio atendía, entre sorprendido y resignado. Confirmadas sus sospechas, solo quedaba ver qué podría hacer para evitar ser asesinado, y saber con quién podría contar para ello.

Hasta que no muera no le dejarán en paz... Giulietta permaneció en silencio unos segundos, pensativa, antes de continuar:

- Tienes que desaparecer por completo, no dejarán de perseguirte hasta que te olviden o te den por muerto.

Un vástago nunca olvida a una presa... pensaba el arzobispo, mirando a Giulietta con media sonrisa en la cara, aunque sus ojos le delataban, tenía la cabeza en otro sitio.

- ¿Qué estas pensando? - preguntó la mujer - ¿Se te ha ocurrido algo?

Vladímir asintió con la cabeza y se dirigió a una de las estanterías a espaldas de su escritorio. Tomo de ella una cajita de madera labrada, la abrió sobre el escritorio y sacó de ella una pareja de espejos ovalados, apenas mas largos que su dedo índice, con los bordes de plata. Miró a Ambrosio e hizo un leve gesto con la mano. El humano obedeció y se acercó al escritorio, quedando de pie frente al mismo, a la derecha de Giulietta.

- Giulietta, necesito que te levantes, colocate a la misma altura que Ambrosio. - La cainita, que observaba la escena algo extrañada, se colocó en posición sin hacer preguntas. En cierto modo tenía curiosidad por ver que nueva locura había pergeñado el Arzobispo, aunque se sentía algo incómoda por los espejos.

El Arzobispo puso un espejo frente a cada uno de los otros. Abrio la cajonera de la mesa, y extrajo la cajita de plata, de la que sacó una gasa blanca, que seguidamente extendió. Giulietta se sorprendió cuando el cainita comenzó a formar el puzzle de trozos de espejo.

- ¿Qué es todo ésto? Vladímir... ¡estamos en medio de un asunto muy serio! - cerró los puños y se inclinó hacia delante. - ¡No hay tiempo para jugar con las hadas!

El Arzobispo se limitó a levantar el dedo indice hacia la cainita, pidiendole que guardara silencio durante un momento, sin siquiera levantar la cabeza del puzzle, que resolvía poco a poco. Varios segundos mas tarde, comenzó a hablar:

- ¿Qué propones que hagamos? No conozco a mi enemigo, por tanto no puedo enfrentarme a él. Debo esperar y averiguar mas para poder encararlo. Mientras tanto... ¿donde podría esconderme? Esta ciudad no es lo suficientemente grande, y soy demasiado popular aqui, como para esconderme. Además... ¿de quién podría fiarme, aparte de vosotros dos? - Giulietta se sintió aliviada, el arzobispo parecía no saber nada de su implicacion en la trama.

- Parece ser que quien me quiere muerto me conoce. Y si me conoce a mi, te conocen a tí. Si quieren ir a por el Arzobispo, darán con el Obispo en el proceso. - Giulietta intentó hablar, no entendia muy bien por donde iba Vladímir. - Lo que quiero decir, es que es necesario poner tierra de por medio... - volvió a mirarla.

- ¿Piensa el señor volver a Moldavia? - preguntó Ambrosio.

- No, Ambrosio, sería demasiado obvio. - siguió cabizbajo, ocupado con el puzzle, que estaba casi resuelto. - Sería el primer lugar en el que buscarme, si desaparezco de aqui. Necesito poner más espacio de por medio. Y lo mas importante, necesito estar ilocalizable. - miró a ambos cuando colocó la última pieza de cristal - Incluso por vosotros. - su cara se iluminó con un leve fulgor azul proveniente del espejo, que se intensificó. - las piezas no solo encajaron en la mesa, sino también en la cabeza de Giulietta.

- Piensas... ¿piensas poner en práctica lo que has estado estudiando sobre las hadas? - su tono de voz expresaba exactamente lo que estaba pensando, está rematadamente loco. El Arzobispo sonrió, consciente de ello.

- Si, creo que es la mejor alternativa ¿no crees?

- ¡Estas loco! - Giulietta dio con la palma abierta en la mesa - tengo propiedades en las que podriamos esconderte. Conozco gente que podria ayudarte - Giulietta se sorprendió de lo creíble que parecía su actuación, el papel de amiga preocupada le salía bien. Cuanto más lo pensaba más le convenía el plan de Vlad, en Arcadia, el mundo de las hadas, sería casi imposible encontrarle, así podría fingir su muerte como había planeado. Aunque seguía siendo una opción bastante arriesgada.

- Ya te lo he dicho, cuando vuelvan, serás el blanco más obvio. Y lo siento, pero ¿podríais mantener el secreto incluso bajo tortura? Es mejor no arrisegarse. - Giulietta se mostró ligeramente ofendida, aunque comprendía el razonamiento del vampiro - Además, si les decis que me fui con las hadas, puede que no os crean y os sigan torturando hasta mataros, o quiza os tomen por locos y os dejen en paz. En cualquier caso, yo seguiría a salvo. - la frialdad y crueldad de las palabras del Arzobispo sorprendió a la cainita.

- ¿Y si se creen que estás en Arcadia? ¿O si lo averiguan ellos? - pensó que intentar razonar con el Arzobispo era como hacerlo con un niño pequeño, pero aún así, debía asegurarse de las posibilidades que había de que lo encontraran, ya que si esto ocurriera su coartada se vendría abajo y no tardarían en acabar con ella.

- Pues tendrán que averiguar como venir a buscarme. Vosotros no sabeis como hacerlo, y si encuentran todo esto, todavía tendrán que aprender como lo hice yo. O contactar con algún especialista. En cualquier caso, ganaremos tiempo. - Con absoluto convencimiento, entonó una pequeña cancion, apenas susurrada, mientras Giulietta se giró y dio un par de pasos en redondo, nerviosa y pensativa. Las piezas del espejo se unieron de nuevo en una sola y el fulgor aumentó de intensidad.

Vladimir siguió entonando la canción, tomó los espejitos, y los llevó hacia el espejo grande. Ambrosio quedó boquiabierto al ver como los brazos del Arzobispo se hundían hasta los codos en el espejo, como si fuera un manantial. El fulgor azul aumentó de intesidad, mientras el arzobispo seguía entonando ininteligibles mantras con los ojos cerrados.

Poco a poco, sacó los brazos del espejo, abrió las manos hacia arriba, ofreciendo un espejo a Giulietta y otro a Ambrosio.

- Poned vuestras manos sobre las mías. - pidió el cainita.

Ambrosio obedeció temeroso, colocando su mano izquierda sobre la zurda del arzobispo. Giulietta tardó algo más en seguirle el juego, colocando la diestra sobre la mano libre del arzobispo. Éste último comenzo a entonar otro mantra, y todos notaron como los espejitos aumentaban de temperatura. Tras unos instantes, Vlad calló, y los espejos volvieron a su temperatura habitual. El fulgor azul desapareció, y el espejo volvió a estar fracturado.

Giulitta observó el espejo que Vlad dejó en su mano. Era el mismo de antes, pero parecía distinto. Intentó mirarse en él, y como siempre, sin resultado. No sabía porqué, había pensado que quizás la "magia de las hadas" podría haber obrado un pequeño milagro y ver por fin su rostro reflejado... ilusa...

- ¿Piensas explicarnos todo esto? - preguntó al cainita sin apartar la mirada del espejo, estudiando los bordes labrados en plata.

- Tened estos espejos siempre encima, o muy cerca. Creo que lo que he hecho servirá para que pueda comunicarme con vosotros desde Arcadia.

- ¿Crees? - Giulietta levantó una ceja escéptica al preguntar al arzobispo.

- Si, esto está siendo un poco acelerado, y quizá debería haber esperado un poco para usar el espejo - señaló el espejo grande - y porqué no, practicar un poco más lo que acabo de hacer. - Comenzó a recoger las piezas del espejo.

- ¿Y si no funciona? ¿Y si falla algo? - inquirió Giulietta. El plan de Vlad tenía tantos agujeros que estaba por echarse a reir.

- La cosa se complicará un poco, supongo. -terminó de recoger y se rascó la cabeza, mirando a Giulietta.

- ¿Supones? - frunció el ceño negando con la cabeza- Realmente estás como una cabra...

- ¿Crees que eres capaz de convencerme para hacer otra cosa? - preguntó sonriente el Arzobispo, escribiendo una pequeña nota en un papel. Giulietta bufó de rabia.

- Mmmm... no, no lo creo... - Miró al mayordomo - ¿y él?

Vladimir le dio la palabra a Ambrosio haciendo un gesto con la cabeza.

- Es mi deber obedecer a mi señor - respondió el humano - Si él considera que esta es la mejor forma de actuar, no puedo hacer otra cosa que apoyarle. Ha sido siempre así, y será así siempre. - se guardó el espejito en el bolsillo interno de la chaqueta.

Giulietta se encogió de hombros y con resignación guardó el fragmento de espejo.

- En mi ausencia tendrás que hacerte cargo del arzobispado... finalmente lo has conseguido - hizo un guiñó a la mujer mientras doblaba la nota.

- Quedaos aqui. Léela dentro de veinte minutos - Vladímir extendió la nota doblada a Ambrosio. - tomó la caja de bronce, la de plata, y un par de libros. - Ahora, si me disculpais, tengo que preparar un par de cosas antes de irme.

- ¿No vamos a presenciar el ritual? - preguntó Giulietta, mientras Vladimir abría el mismo pasadizo a traves del cual Samuel apareció apenas una hora antes.

- No, cuanto menos sepais, más me ayudareis a esconderme. - Miró a ambos y se quedó mirando a Giulietta - nos veremos pronto. - desapareció por el pasadizo, que se cerró a su espalda.

Giulietta fue hacia el pasadizo e intentó abrirlo sin resultado. Salió del despacho con paso decidido. Ambrosio la miró extrañado, pero no la siguió, debía obedecer a Vladímir.

Ahora que todo aquello era suyo empezaba a dejar de importarle el hecho de que nadie pudiera saber lo que ella sabía del arzobispado, sistemas de seguridad, pasillos ocultos... así que atravesó la Salle hasta llegar a donde el pasadizo que Vlad había tomado llevaba. Sin embargo, cuando llegó no había rastro del vampiro, y demasiadas puertas daban a la sala -un cruce de cuatro pasillos - como para que diera tiempo a encontrarle. Volvió al despacho, se sirvió una copa de vitae, y se sentó en el sofá, bajo la atenta mirada de Ambrosio.

- ¿No piensas abrir la nota? - preguntó al humano tras vaciar la copa.

- Aún no han pasado veinte minutos, señora.

- Claro, claro, has de obedecer a tu señor - dijo con sarcasmo, mirando alrededor suya.

Los minutos pasaron lentos para la cainita, hasta que finalmente Ambrosio consultó su reloj y abrió la nota, bajo la atenta observación de Giulietta.

"El portal está en la bodega. No se lo digas a Giulietta. Cuídate."

- ¿Y bien? - preguntó la cainita. Sospechó cuando el humano la miró de reojo.

- Es una lista de asuntos que debo atender en la ausencia de mi señor, nada imporante.

Giulietta se levantó. Un humano mintiendole era malo. Si además lo hacía mal, peor... para el humano, claro. Tomó a Ambrosio por la muñeca y apretó hasta que éste cayo de rodillas al suelo entre quejidos. Lo apartó y leyó la nota. Levantó a Ambrosio con un solo brazo, y le llevó a la bodega.

Cuando llegaron, no habia rastro del vampiro, de ritual alguno, ni nada semejante.

- Señora, una nota para vos. - dijo Ambrosio señalando un trozo de papel en el suelo.

Giulietta tomó la nota mirando al humano la leyó:
"Para cuando leas esto, ya me habré ido. En la bodega no está el portal, como habrás comprobado. O sí, quién sabe. Ten mucho cuidado y cuida un poco de Ambrosio. Vlad."

La cainita releyó varias veces la nota, arqueando una ceja. ¿Tanta notita para nada? Miró a su alrededor, y volvió a mirar la nota. Se dio cuenta de que había algo escrito en letra pequeña en el pie del folio. Sus ojos se abrieron de par en par al leer lo que decía:
"¿En quien puedes confiar?"

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