miércoles 13 de julio de 2005

El enviado

Hacía ya varios dias desde la última visita de Giulietta a Vladimir... éste había intentado localizarla un par de veces cuando se extrañó de que la mujer no diera señales de vida, pero lo mas parecido que obtuvo a una respuesta fué una disculpa de Dorian, ya que su señora no podía ponerse. Desistió, por tanto, suponiendo que estaría ocupada con los asuntos de Arzobispado, encerrada en el sótano haciendo lo que fuera que hiciera allí, o en cualquier otra historia, y que ya contactaría con él cuando fuera menester. No se preocupó más, pues los libros algun asuntillo que surgiera, siempre que no le exigiera salir de La Salle, ocupaban la mayor parte de su tiempo.

Una noche como otra cualquiera, llamaron a la puerta. Ambrosio acudió como de costumbre, suponiendo que era a Giulietta a quien encontraría al otro lado, por eso se sorprendió tanto al ver a un desconocido al abrir.

- Buenas noches, nombre es Samuel y vengo a presentarme al arzobispo de la ciudad.

- Buenas noches, caballero. Me temo que no es posible, el señor arzobispo se encuentra ocupado, y no podrá atenderle esta noche.

- Pero, verá, hace poco que he llegado, anoche mismo, y no conozco el lugar. Esperaba que el señor Arzobispo pudiera guiarme...

El tono lastimero del joven ablandó a Ambrosio, quien pensó que con el cambio de régimen de la ciudad, esta escena se repetiría a menudo. El chico parecía joven, y su actitud, asustadiza y entusiasta al mismo tiempo, así lo hacía ver, quizá incluso hacía poco que había sido abrazado...

- Bueno, espera aquí un segundo, iré a preguntar.

- Gracias - respondió dubitativo el chico, parecía a punto de disculparse. El Humano volvió pasados unos minutos.

- Puedes pasar. El Arzobispo puede dedicarte unos minutos.

- ¡Oh, muchísimas gracias! - dijo entusiasmado. En breve estuvieron frente a la puerta del despacho. Ambrosio abrió, dejó pasar al chico, y cerró tras de sí, permaneciendo a la espera fuera del despacho.

Vladimir estudió ligeramente al chico cuando entró por la puerta, mirando todo a su alrededor, como si estuviera visitando un templo. El joven lucía una indumentaria un poco extravagante, a la moda gótica actual, parecía el típico adolescente que soñaba con ser un vampiro como Drácula o Lestat. Su aspecto físico era normal, moreno, delgado, de pelo corto y en punta, con una pequeña mosca debajo del labio inferior. Al llegar al océano de papeles donde se encontraba el arzobispo, el chico extendió la mano, y dijo solemnemente:

- Buenas noches, mi nombre es Samuel, es un placer, su eminencia. - Parecía sobrecogido por la situación en la que se encontraba.

- Buenas noches, Samuel, mi nombre es Vladímir, y como sabes soy el Arzobispo de esta ciudad. - se limitó a decir, sin estrechar la mano de su interlocutor, en la que no había anillos ni pulseras, según observó.

Mantenía uno de los brazos con el codo apoyado en el brazo de su silla, con la mano cerca del rostro. La otra mano, sin embargo, permanecía por debajo del escritorio, cerca de diversas armas. El aviso de Ambrosio le sirvió para prepararse. Y aunque no le apetecía recibir a nadie, el hecho de que fuera nuevo le resultaba curioso. Además, entraba dentro de sus obligaciones, y no sabía si debía delegar en Giulietta, sabiendo que estaba "desaparecida". El chico se sentó sin más.

- Verá, su eminencia, he llegado esta misma noche a la ciudad, y supuse que sería correcto presentarme ante el líder. - el chico parecía mirarle con admiración.

- Haces bien, dime, ¿desde donde vienes? - Samuel pareció alegrarse de ser preguntado.

- Oh, llego desde Madrid, donde decidí abandonar a los míos, los "degenerados" como nos llaman habitualmente, y buscar una nueva oportunidad en un nuevo lugar, que hubiera abrazado recientemente al Sabbat, como yo. Tengo mucho que aprender todavía, pero las Tradiciones de la Camarilla son una atadura que no pienso aceptar en esta nueva vida - Vlad se extrañó ante el torrente de información no pedida, sin embargo, el entusiasmo del chico, sus gestos y su forma de hablar le hicieron pensar que se trataba de pura emoción, de pura necesidad de contar su historia, típica en algunos neonatos.

- Vaya, eso está muy bien, y te deseo mucha suerte. - sonrió levemente- Sin embargo, como ya te ha dicho Ambrosio, estoy ciertamente ocupado. Como ya hemos cumplido las formalidades, debo pedirte que te marches. Puedes preguntar a Ambrosio cualquier tipo de referencia que necesites de la ciudad, él sabrá aconsejarte.

El chico pareció dolido de que el Arzobispo se deshiciera de él tan rápido, sin preguntarle nada más sobre él. Pero sin más se levantó.

- Gracias, eminencia, por dedicarme unos minutos. Un placer. Espero que podamos volver a vernos - dijo dirigiendose hacia la puerta.

- Cuídate, Samuel, disfruta de lo que la ciudad tiene para ofrecerte. - cuando el chico salió, el Arzobispo volvió a sus libros.

Estudiaba el ritual de apertura del portal. Había conseguido, tal y como decía el libro, un objeto que pudiera seguir de portal, en su caso, un espejo de mano, de tamaño mediano. Ensayó el ritual, pero todavía no lo había perfeccionado totalmente. Requería que las palabras de paso, de un antigui dialecto de Arcadia, fueran pronunciadas por el practicante, pero no de cualquier manera. Éste debía comprender e interiorizar lo que significaba cada palabra, cada construcción, como si dicho dialecto fuera el suyo propio. Si no, las palabras carecían de poder alguno. Así que durante varios días estuvo estudiando las lenguas de Arcadia, y aunque hacía progresos, estos eran lentos. Sin embargo la curiosidad le azuzaban a seguir adelante.

Fuera, Ambrosio acompañó al chico hacia la salida, mientras éste hacia algunas preguntas sobre los lugares que todo cainita recién llegado a la ciudad debería visitar. Ambrosio respondía, el joven observaba los pasillos por los que caminaban, sin perder detalle, como si se encontrara en un museo. Ambrosio encontró graciosa la curiosidad del joven. Cuando llegaron a la puerta, se despidió sin más, y volvió a sus quehaceres.

Mientras tanto... tras el pequeño susto en el pinar Giulietta decidió cambiar la forma en la que estaba llevando las cosas. Aquella noche había aprendido mucho, a parte de que no debería ser tan descuidada cerca de un amanecer, se dio cuenta de que no quería convertirse en uno de esos antiguos matusalenes que pasaban los siglos lamentándose de los errores del pasado. Así que no mataría a Vladimir, aunque eso supondría otro tipo de problemas... y problemas nada buenos... cuando un miembro de su sociedad fracasaba en una mision sufría enormemente las consecuencias, pero cuando directamente se negaba a cumplir... Giulietta prefería no pensar en ello, ahora en lo que debía centrarse era en conseguir convencer a sus superiores en Roma de que les convenía que Vladimir siguiera con vida...

Así pasó varios dias, revisando toda la información que había reunído sobre Vladimir... solo que esta vez, la usaría para intentar salvarle.

Llevaba más de una semana dándole vueltas al tema, y no tenía gran cosa. No encontraba nada que a ojos de sus superiores sirviera para salvar la vida de Vladimir, aunque tampoco encontró nada que les hiciera desear su muerte... ¿Vykos? era la única pieza suelta, no entendía que tenía que ver un tzimisce como Sasha Vykos en los asuntos de una sociedad exclusiva a para los lasombra...

No podía quedarse de brazos cruzados, hacía ya varias semanas que tenía que haber confirmado la muerte de Vladimir a Roma, debía ponerse en contacto con ellos antes de que emprendieran acciones por su cuenta. Cogió el teléfono y marcó un largo número, un tono... dos....

- Valkas. - La voz de su sire al otro lado de la línea.

- Soy yo.

Tras unos instantes de silencio interrumpido por un suspiro se volvió a oir la voz.

- ¿Qué ha pasado? ¿Porque no has informado de la muerte del objetivo?

- Por que tras la investigación previa llegué a la conclusión de que no era necesario eliminar al objetivo para el cumplimiento último de la misión.

- Giulietta, ¿de que demonios estás hablando?

- Esta misión era para conseguir el control sobre la ciudad, ¿no? eso se puede conseguir sin matar al actual arzobispo. Está dispuesto a dejar el cargo, es consciente de que no está preparado para ocuparlo y estoy segura de que le cederá el puesto a quien queramos. - Estaba exagerando un poco la realidad, pero era la única opción que tenía.

- A nadie le importa lo que ese loco quiera - el tono de voz de Valkas era cada vez más severo - lo único que importaba era que muriera y por tu culpa aún está vivo.

- Pero...

- ¡Giulietta callate! - gritó silenciando a la mujer, tras unos segundos prosiguió - has sido relevada de la misión, quieren que vuelvas a Roma antes de que acabe el mes.

- ¿Cómo? ¿que van a mandar a otro? ¿a quién? ¿cuándo? - eso no era nada bueno.

- No es asunto tuyo Giulietta, ahora será otro quien se ocupe del asunto. Debes dejar toda la información que tengas del caso el la noche del 20 en un lugar llamado Cafeteria Herencia, y volver a Roma lo antes posible. Gracias a que en el pasado has sido más que eficiente serán indulgentes contigo, deberías sentirte afortunada.

¿Con que un sustituto...? eso ya lo veremos, con voz segura contestó:

- Está bien, haré todo lo que sea necesario.

Colgó el telefono y salió del despacho en busca de Dorian. Le explicó la situación, y el nuevo plan que había preparado para salvar el cuello y salir bien de la precaria situación en la que se encontraban. El joven no parecía convencido del todo, dudaba que el precipitado plan de Giulietta fuera a funcionar, aún así escuchó con atención y se dispuso a cumplir con su parte.

En primer lugar debía localizar al envíado de Roma, lo único que sabía de él era que sería un lasombra y que estaría a punto de llegar a la ciudad, si es que no estaba ya allí...