
Horas antes, lo había dejado todo arreglado en La Salle.
Ambrosio, aturdido, aún no terminaba de creerlo. Pudo ver la tristeza y la sorpresa en sus ojos. Dejó instrucciones dadas para que tras su marcha, todo siguiera como hasta entonces, y entraran al servicio de Giulietta.
Preparó una pequeña caja, con todo lo que Giulietta debiera considerar más importante, en su nuevo cargo. Algunos libros y dossiers, algunas llaves que debería cuidar, y una nota, de su puño y letra, explicándole los porqués, sus nuevas funciones, y de qué disponía en La Salle. Aún así, todavía conservaba el humor cínico, y la felicito por su ascenso.
A eso de las 6 de la mañana, se dirigió al Castillo, y llamó a la puerta principal. Tocó dos veces y apareció Dorian, que se quedó un poco perplejo. Le hizo entrega de la caja, dirigida a la atención de la Srta. Strozzi.
- ¿No deberíais ir rápidamente a vuestro refugio? Amanecerá en breve... - preguntó el joven soñoliento.
- Precisamente. No hay refugio que enclaustre lo que tengo aquí dentro- dijo con un dedo en la sien.- Muerto el perro, se acabo la rabia. Demasiados años he huido hacia delante sin contemplar la solución final, tan cercana, tan simple. Tan deliciosa.
La cara de Dorian se despejo de sueño, reflejando terror, y a la vez, sorpresa. Los poderes "de convicción" de Vlad estaban surgiendo efecto. Quería ver a alguien realmente afectado por su muerte, aunque fuera una "afectación inducida".
- Cuida de tu señora, sírvela bien, pues los tiempos que vienen serán más duros. Suerte
Sin más, entró al castillo, dejando atrás a un sorprendido Dorian. Atravesó el recibidor, pasillos y salones con paso ceremonial y parsimonioso. Buscando subir a la torre del homenaje.
Dorian, con la caja en las manos estaba estupefacto, no sabía qué hacer, si intentar detener al arzobispo o darle el empujón final... tras unos segundos estimo que lo más oportuno seria avisar a Giulietta.
Se dio la vuelta y corrió hacia el despacho, pero freno en seco al ver que la puerta se abría y la cainita, con cara de pocos amigos y paso firme se dirigía velozmente hacia Vladimir, interponiéndose entre él y la escalera.
- ¿Qué demonios significa esto?
Sus sobrenaturales ojos verdes inyectados en sangre parecían más brillantes que nunca, su voz era firme.
Vlad se paró a los pies de una escalera. Sin mirarla, dijo:
- Aquí es donde yo termino, y tú empiezas. Hacía tiempo que venía barajando la posibilidad de hacerlo. Y por fin, he visto la luz. Me voy. Me libero de mí mismo, y de todos ellos. No hay nada que puedas hacer para detenerme. Y no pienses en diabolizarme. Lo que yo tengo en la cabeza es infinitamente peor que no tener reflejo. Cuídate y hazlo lo mejor que sepas.
Comenzó a subir las escaleras hacia lo alto de la torre.
La ira no hacía más que aumentar en la cainita, no son formas de hacer las cosas, no así, ¡así no! Giulietta no hacía más que tratar de interponerse en el camino del malkavian y buscar sus ojos con la mirada. Hasta que finalmente se coloco un par de escalones por encima de él, y sujetándole fuertemente por los hombros le miro fijamente y de sus labios solo salió una pregunta:
- ¿Por qué?
- Trata de vivir con las voces. Voces que te odian, que te ayuden a fallar, que se regocijan con tus errores, que te impiden ser tú, que luchan por arrebatarte tu yo. Voces que te animan a seguir criando voces, a seguir descendiendo por la espiral. Yo nunca quise esto, aunque llegué a aceptarlo. Pero es demasiado. No puedo seguir. Y no quiero que haya nadie como yo, pero tampoco puedo exterminar a los Malkavian. Algunos son felices así.
Miraba a los ojos de Giulietta. Puso calor en sus manos y sus manos en las mejillas de ella. Si no fuera porque ya no podía hacerlo de forma natural, lloraría.
Giulietta estaba furiosa, consigo misma por no haber podido evitar esto y sobre todo con el por lo que estaba haciendo. Mientras escuchaba a Vladimir no pudo reprimir una palabra que salió como un suspiro: cobarde.
En el fondo podía comprender porque estaba haciendo todo esto, pero para la lasombra el suicidio no era una liberación ni una vía de escape, si no el más alto exponente de la cobardía que podía imaginar. Le irritaba de sobremanera que alguien a quien en cierto modo admiraba pudiera acabar así.
Una lágrima roja descendió por la mejilla de la mujer depositándose en la mano de Vladimir.
- Esto no es como una adicción, o un vicio. Es una enfermedad. Incurable. Y es para toda la eternidad. No puedo hacer nada para enfrentarme a ella, está por encima de mis posibilidades. Es casi de origen Divino, y no la quiero. No la elegí, pero me fue impuesta. Es hora de acabar con mi autodestrucción psicológica, y el mal que causo a los otros, por esta enfermedad. Cada vez me cuesta más ser yo, y no quiero acabar convertido en un manojo de personalidades arbitrarias. Antes, el fuego.
Quito las manos de las mejillas de Giulietta. Llevó la mano con sangre hacia los labios de ella y dejó la sangre allí. Se acercó, subiendo un peldaño. Quería subir, pero ella estaba en su camino. Era una lástima que ella no pudiera hacer nada para aliviar su condición, sería bonito poder ser salvado.
La lasombra no se movió del sitio, su mente intentaba buscar motivos que dieran ganas de seguir "viviendo" al malkavian, pero parecía demasiado convencido como para dar marcha atrás.
- No lo hagas.
La ira iba desapareciendo poco a poco dando lugar a la desesperación y a un cumulo de sentimientos que la confundían y minaban su voluntad.
- Dame una razón... quizás te escuche
Miraba a sus ojos, verdes y refulgentes, primero a uno, después al otro, rápidamente.
Sentía un torbellino dentro de ella que le confundía, que se reflejaba en él y sus voces, que caóticamente intentaban imponerse unas a las otras, un continuo susurro que minaba su moral y su razón.
Una razón, una sola razón podría hacerle cambiar de idea, piensa Giulietta, piensa, esto no puede acabar así... por más que lo intentaba ninguna excusa le parecía lo suficientemente buena como para hacer cambiar de opinión a un malkavian sin ganas de vivir, pero si había una ligera oportunidad tenía que aprovecharla.
- No puedes dejarme sola, quédate, se mi mentor y amigo.
Las palabras salieron de su boca como si fuera otro el que las hubiera pronunciado, no fue consciente de ello hasta que no lo dijo, pero aun así parecía darse cuenta de que era lo único que podía ofrecerle, todo lo que tenia.
Vlad miró a Dorian, que aun estaba en mitad del salón, petrificado.
- No estás sola, tu Dorian está contigo. Así como todos mis sirvientes.
Volvió a sus ojos verdes:
- Y no hay nada que pueda enseñarte, salvo terror y locura. Demencia, visiones, frustración, terror y autodestrucción, ... ¿Acaso quieres eso?
La lasombra no dejo de sostener la mirada ni un segundo.
- Humanos, ¿con eso me tengo que conformar?, la compañía de humanos... - en la, hasta ahora, firme voz de la mujer se podía percibir una leve veta de histeria. - Y el que no haya nada que puedas enseñarme es algo debería decidir yo, y no tu.
-Si pudieras curarme de mi enfermedad, me quedaría a tu lado siempre, para enseñarte todo cuanto quisieras. Pero tú y yo sabemos que eso no es posible. Y soy lo suficientemente egoísta como para preocuparme por acabar con mi sufrimiento antes que de tú.
Las palabras de Vladimir llegaron al alma de Giulietta, ahora la duda que pudieran albergar sus ojos había desparecido, estaba dispuesta a obligarle a quedarse, fuera como fuera.
- Pues yo soy lo suficiente egoísta como para no dejarte hacerlo.
La lasombra se planto firme y altivamente frente al malkavian, no parecía tener ninguna intención de dejarle pasar.
Dado que era más alto que ella, no necesitó subir el único escalón que les separaba para ponerse a su altura. Se acercó a ella. Mucho. Tanto que sus narices casi se tocaban. Su rostro reflejaba angustia y dolor. Pena y sufrimiento. Susurrando, con la voz rota, dijo:
- ¿No comprendes que no soy tuyo? No soy como Dorian, un esclavo voluntario de tus deseos. Tengo mi propia y retorcida voluntad. No soy tu juguete. No soy un pájaro al que enjaulas para que te cante por las mañanas. No puedes hacerme eso.
La lasombra no se movió del sitio, miraba al frente, sus ojos, perdidos en el vacío.
- No, no lo eres, pero no por ello voy a permitir que cometas una locura, por muy malkavian que seas. Jamás permitiría que nadie hiciera lo que tú tienes en mente, y menos aun si se trata de alguien a quien veo útil y aprecio, como tú.
Giulietta no se movía, si no fuera por los movimientos de su boca al hablar parecería una estatua de cera. Mientras tanto, Dorian se había ido, ya no estaba al pie de la escalera.
- ¿Que ves útil? Ya tienes lo que querías ¿no? Eres Arzobispo en lugar del Arzobispo. Todo cuanto querías es tuyo. Disponte a librar tu guerra contra la Camarilla, mientras me retiro discretamente a mi descanso.
Utilizó su sangre para aumentar su fuerza, tomando a Giulietta por la cintura, cogiéndola en peso, y apartándola delicadamente a un lado.
Siguió subiendo las escaleras.
A la lasombra no le gustaba que se la quitaran de en medio con tanta facilidad. Apretó los puños y tensó los músculos, subió rápidamente las escaleras hasta llegar a la altura de Vladimir y le agarro con fuerza, y potencia.
- Si te dejas llevar así no tendré todo lo que quiero, ¡y yo sola no puedo contra la Camarilla de esta ciudad! - Con su avance impedido, se giró a medias
- ¿Y qué otra maldita cosa quieres? - se estaba empezando a poner ligeramente nervioso.
Giulietta era una niña caprichosa, cuando quería algo movía cielo y tierra hasta conseguirlo, en ocasiones apenas reparando en la voluntad ajena, como en este caso. La cainita agarro con fuerza al malkavian del brazo y con la voz algo subida de tono contesto:
- ¿Acaso no es evidente? ¡Que no te suicides!
La mujer miro a los ojos de Vladimir, donde antes había visto una pequeña brizna de esperanza y cordura. Seguía allí, pero a pesar de sus esfuerzos se veía incapaz de alcanzarla. Giulietta se sentía derrotada y frustrada. Con la mirada en el vacio se dejo caer suavemente hasta quedar sentada en las escaleras a los pies del antiguo arzobispo. Y allí, descalza y algo desaliñada, la lasombra parecía ajena al mundo que la rodeaba, sin mover un solo musculo de su cuerpo, totalmente impasible, salvo por una lagrima que asomaba pero no llegaba a caer.
Caprichosa chiquilla...
La dejo allí, medio sollozando, y siguió subiendo las escaleras.
Finalmente, llegó arriba, a la puerta que daba al balcón de la torre. Puso las manos en las manijas, y cerró los ojos. Inspiró fuertemente, como un humano, dispuesto a realizar el que quizás fuera el acto más humano que hiciera desde que fue abrazado.
Por fin libraría al mundo de su maldición, y lo que era más importante, a sí mismo. Extrañamente, no sentía miedo, ni impaciencia. Solo una profunda calma.
Abrió las puertas. Aun no había amanecido. Pasó al balcón, y cerró tras de sí. Se acercó a la baranda del balcón, y se sentó en la misma. Conocía aquel castillo y sabía que aquella balconada miraba al Este, así que podría ver el Sol nada más salir.
Por momentos, la calma más absoluta, la paz, inundaban su alma. Jamás se había sentido así, ni siendo humano. Recordó todos los años pasados mientras esperaba al sol, sintiéndose cada vez más en paz consigo mismo, más cerca de volver a ser humano, ya que iba a morir, como los humanos. Dejaría de ser una criatura sobrenatural, y volvería al origen. Al ser humano. A Dios, si es que existía.
El cielo se estaba tiñendo ya de los colores del amanecer, y se dio cuenta. Estaba respirando. No exhalaba ni inspiraba, pero su pecho se movía como si lo hiciera. Estaba tan relajado. Si esto no es la Golconda, poco debe faltar, pensó.
Sonrió y entrecerró los ojos, mirando hacia donde empezaba a asomar el Sol, y abrió los brazos, para recibir finalmente la paz ansiada. Sintió como el calor inundaba su cuerpo, y como iba dejando de sentirlo conforme se iba convirtiendo en cenizas.
Antes de que pudiera gritar, simplemente, terminó.
Cuando Giulietta volvió en si se dio cuenta de que estaba sola en la escalera, maldita sea, se puso en pie y a trompicones llego a lo alto de la escalera, miro a un lado y al otro, sabia a donde ir, solo esperaba poder llegar a tiempo.
Corrió tan rápido como pudo hacia la torre del homenaje, al llegar la puerta estaba cerrada, a la carrera reunió todas sus fuerzas y golpeo la puerta rompiendo la cerradura y abriéndola con brusquedad. Lo que vio jamás lo olvidaría.
Vladimir, con los brazos extendidos recibiendo los cálidos y mortíferos rayos de sol. Cenizas llevadas por el viento.
Giulietta estaba sufriendo graves quemaduras a casusa del sol, a pesar de encontrarse aun dentro del edificio algunos rayos llegaron hasta ella. La lasombra gritaba de furia y sobretodo de dolor, cuando rápidamente alguien la agarro con fuerza y la aparto de la entrada, tumbándola en el suelo. La mujer no era consciente de lo que hacía, estaba totalmente fuera de sí, empujo fuertemente a su salvador contra una pared y finalmente quedo inconsciente.
Ambrosio, aturdido, aún no terminaba de creerlo. Pudo ver la tristeza y la sorpresa en sus ojos. Dejó instrucciones dadas para que tras su marcha, todo siguiera como hasta entonces, y entraran al servicio de Giulietta.
Preparó una pequeña caja, con todo lo que Giulietta debiera considerar más importante, en su nuevo cargo. Algunos libros y dossiers, algunas llaves que debería cuidar, y una nota, de su puño y letra, explicándole los porqués, sus nuevas funciones, y de qué disponía en La Salle. Aún así, todavía conservaba el humor cínico, y la felicito por su ascenso.
A eso de las 6 de la mañana, se dirigió al Castillo, y llamó a la puerta principal. Tocó dos veces y apareció Dorian, que se quedó un poco perplejo. Le hizo entrega de la caja, dirigida a la atención de la Srta. Strozzi.
- ¿No deberíais ir rápidamente a vuestro refugio? Amanecerá en breve... - preguntó el joven soñoliento.
- Precisamente. No hay refugio que enclaustre lo que tengo aquí dentro- dijo con un dedo en la sien.- Muerto el perro, se acabo la rabia. Demasiados años he huido hacia delante sin contemplar la solución final, tan cercana, tan simple. Tan deliciosa.
La cara de Dorian se despejo de sueño, reflejando terror, y a la vez, sorpresa. Los poderes "de convicción" de Vlad estaban surgiendo efecto. Quería ver a alguien realmente afectado por su muerte, aunque fuera una "afectación inducida".
- Cuida de tu señora, sírvela bien, pues los tiempos que vienen serán más duros. Suerte
Sin más, entró al castillo, dejando atrás a un sorprendido Dorian. Atravesó el recibidor, pasillos y salones con paso ceremonial y parsimonioso. Buscando subir a la torre del homenaje.
Dorian, con la caja en las manos estaba estupefacto, no sabía qué hacer, si intentar detener al arzobispo o darle el empujón final... tras unos segundos estimo que lo más oportuno seria avisar a Giulietta.
Se dio la vuelta y corrió hacia el despacho, pero freno en seco al ver que la puerta se abría y la cainita, con cara de pocos amigos y paso firme se dirigía velozmente hacia Vladimir, interponiéndose entre él y la escalera.
- ¿Qué demonios significa esto?
Sus sobrenaturales ojos verdes inyectados en sangre parecían más brillantes que nunca, su voz era firme.
Vlad se paró a los pies de una escalera. Sin mirarla, dijo:
- Aquí es donde yo termino, y tú empiezas. Hacía tiempo que venía barajando la posibilidad de hacerlo. Y por fin, he visto la luz. Me voy. Me libero de mí mismo, y de todos ellos. No hay nada que puedas hacer para detenerme. Y no pienses en diabolizarme. Lo que yo tengo en la cabeza es infinitamente peor que no tener reflejo. Cuídate y hazlo lo mejor que sepas.
Comenzó a subir las escaleras hacia lo alto de la torre.
La ira no hacía más que aumentar en la cainita, no son formas de hacer las cosas, no así, ¡así no! Giulietta no hacía más que tratar de interponerse en el camino del malkavian y buscar sus ojos con la mirada. Hasta que finalmente se coloco un par de escalones por encima de él, y sujetándole fuertemente por los hombros le miro fijamente y de sus labios solo salió una pregunta:
- ¿Por qué?
- Trata de vivir con las voces. Voces que te odian, que te ayuden a fallar, que se regocijan con tus errores, que te impiden ser tú, que luchan por arrebatarte tu yo. Voces que te animan a seguir criando voces, a seguir descendiendo por la espiral. Yo nunca quise esto, aunque llegué a aceptarlo. Pero es demasiado. No puedo seguir. Y no quiero que haya nadie como yo, pero tampoco puedo exterminar a los Malkavian. Algunos son felices así.
Miraba a los ojos de Giulietta. Puso calor en sus manos y sus manos en las mejillas de ella. Si no fuera porque ya no podía hacerlo de forma natural, lloraría.
Giulietta estaba furiosa, consigo misma por no haber podido evitar esto y sobre todo con el por lo que estaba haciendo. Mientras escuchaba a Vladimir no pudo reprimir una palabra que salió como un suspiro: cobarde.
En el fondo podía comprender porque estaba haciendo todo esto, pero para la lasombra el suicidio no era una liberación ni una vía de escape, si no el más alto exponente de la cobardía que podía imaginar. Le irritaba de sobremanera que alguien a quien en cierto modo admiraba pudiera acabar así.
Una lágrima roja descendió por la mejilla de la mujer depositándose en la mano de Vladimir.
- Esto no es como una adicción, o un vicio. Es una enfermedad. Incurable. Y es para toda la eternidad. No puedo hacer nada para enfrentarme a ella, está por encima de mis posibilidades. Es casi de origen Divino, y no la quiero. No la elegí, pero me fue impuesta. Es hora de acabar con mi autodestrucción psicológica, y el mal que causo a los otros, por esta enfermedad. Cada vez me cuesta más ser yo, y no quiero acabar convertido en un manojo de personalidades arbitrarias. Antes, el fuego.
Quito las manos de las mejillas de Giulietta. Llevó la mano con sangre hacia los labios de ella y dejó la sangre allí. Se acercó, subiendo un peldaño. Quería subir, pero ella estaba en su camino. Era una lástima que ella no pudiera hacer nada para aliviar su condición, sería bonito poder ser salvado.
La lasombra no se movió del sitio, su mente intentaba buscar motivos que dieran ganas de seguir "viviendo" al malkavian, pero parecía demasiado convencido como para dar marcha atrás.
- No lo hagas.
La ira iba desapareciendo poco a poco dando lugar a la desesperación y a un cumulo de sentimientos que la confundían y minaban su voluntad.
- Dame una razón... quizás te escuche
Miraba a sus ojos, verdes y refulgentes, primero a uno, después al otro, rápidamente.
Sentía un torbellino dentro de ella que le confundía, que se reflejaba en él y sus voces, que caóticamente intentaban imponerse unas a las otras, un continuo susurro que minaba su moral y su razón.
Una razón, una sola razón podría hacerle cambiar de idea, piensa Giulietta, piensa, esto no puede acabar así... por más que lo intentaba ninguna excusa le parecía lo suficientemente buena como para hacer cambiar de opinión a un malkavian sin ganas de vivir, pero si había una ligera oportunidad tenía que aprovecharla.
- No puedes dejarme sola, quédate, se mi mentor y amigo.
Las palabras salieron de su boca como si fuera otro el que las hubiera pronunciado, no fue consciente de ello hasta que no lo dijo, pero aun así parecía darse cuenta de que era lo único que podía ofrecerle, todo lo que tenia.
Vlad miró a Dorian, que aun estaba en mitad del salón, petrificado.
- No estás sola, tu Dorian está contigo. Así como todos mis sirvientes.
Volvió a sus ojos verdes:
- Y no hay nada que pueda enseñarte, salvo terror y locura. Demencia, visiones, frustración, terror y autodestrucción, ... ¿Acaso quieres eso?
La lasombra no dejo de sostener la mirada ni un segundo.
- Humanos, ¿con eso me tengo que conformar?, la compañía de humanos... - en la, hasta ahora, firme voz de la mujer se podía percibir una leve veta de histeria. - Y el que no haya nada que puedas enseñarme es algo debería decidir yo, y no tu.
-Si pudieras curarme de mi enfermedad, me quedaría a tu lado siempre, para enseñarte todo cuanto quisieras. Pero tú y yo sabemos que eso no es posible. Y soy lo suficientemente egoísta como para preocuparme por acabar con mi sufrimiento antes que de tú.
Las palabras de Vladimir llegaron al alma de Giulietta, ahora la duda que pudieran albergar sus ojos había desparecido, estaba dispuesta a obligarle a quedarse, fuera como fuera.
- Pues yo soy lo suficiente egoísta como para no dejarte hacerlo.
La lasombra se planto firme y altivamente frente al malkavian, no parecía tener ninguna intención de dejarle pasar.
Dado que era más alto que ella, no necesitó subir el único escalón que les separaba para ponerse a su altura. Se acercó a ella. Mucho. Tanto que sus narices casi se tocaban. Su rostro reflejaba angustia y dolor. Pena y sufrimiento. Susurrando, con la voz rota, dijo:
- ¿No comprendes que no soy tuyo? No soy como Dorian, un esclavo voluntario de tus deseos. Tengo mi propia y retorcida voluntad. No soy tu juguete. No soy un pájaro al que enjaulas para que te cante por las mañanas. No puedes hacerme eso.
La lasombra no se movió del sitio, miraba al frente, sus ojos, perdidos en el vacío.
- No, no lo eres, pero no por ello voy a permitir que cometas una locura, por muy malkavian que seas. Jamás permitiría que nadie hiciera lo que tú tienes en mente, y menos aun si se trata de alguien a quien veo útil y aprecio, como tú.
Giulietta no se movía, si no fuera por los movimientos de su boca al hablar parecería una estatua de cera. Mientras tanto, Dorian se había ido, ya no estaba al pie de la escalera.
- ¿Que ves útil? Ya tienes lo que querías ¿no? Eres Arzobispo en lugar del Arzobispo. Todo cuanto querías es tuyo. Disponte a librar tu guerra contra la Camarilla, mientras me retiro discretamente a mi descanso.
Utilizó su sangre para aumentar su fuerza, tomando a Giulietta por la cintura, cogiéndola en peso, y apartándola delicadamente a un lado.
Siguió subiendo las escaleras.
A la lasombra no le gustaba que se la quitaran de en medio con tanta facilidad. Apretó los puños y tensó los músculos, subió rápidamente las escaleras hasta llegar a la altura de Vladimir y le agarro con fuerza, y potencia.
- Si te dejas llevar así no tendré todo lo que quiero, ¡y yo sola no puedo contra la Camarilla de esta ciudad! - Con su avance impedido, se giró a medias
- ¿Y qué otra maldita cosa quieres? - se estaba empezando a poner ligeramente nervioso.
Giulietta era una niña caprichosa, cuando quería algo movía cielo y tierra hasta conseguirlo, en ocasiones apenas reparando en la voluntad ajena, como en este caso. La cainita agarro con fuerza al malkavian del brazo y con la voz algo subida de tono contesto:
- ¿Acaso no es evidente? ¡Que no te suicides!
La mujer miro a los ojos de Vladimir, donde antes había visto una pequeña brizna de esperanza y cordura. Seguía allí, pero a pesar de sus esfuerzos se veía incapaz de alcanzarla. Giulietta se sentía derrotada y frustrada. Con la mirada en el vacio se dejo caer suavemente hasta quedar sentada en las escaleras a los pies del antiguo arzobispo. Y allí, descalza y algo desaliñada, la lasombra parecía ajena al mundo que la rodeaba, sin mover un solo musculo de su cuerpo, totalmente impasible, salvo por una lagrima que asomaba pero no llegaba a caer.
Caprichosa chiquilla...
La dejo allí, medio sollozando, y siguió subiendo las escaleras.
Finalmente, llegó arriba, a la puerta que daba al balcón de la torre. Puso las manos en las manijas, y cerró los ojos. Inspiró fuertemente, como un humano, dispuesto a realizar el que quizás fuera el acto más humano que hiciera desde que fue abrazado.
Por fin libraría al mundo de su maldición, y lo que era más importante, a sí mismo. Extrañamente, no sentía miedo, ni impaciencia. Solo una profunda calma.
Abrió las puertas. Aun no había amanecido. Pasó al balcón, y cerró tras de sí. Se acercó a la baranda del balcón, y se sentó en la misma. Conocía aquel castillo y sabía que aquella balconada miraba al Este, así que podría ver el Sol nada más salir.
Por momentos, la calma más absoluta, la paz, inundaban su alma. Jamás se había sentido así, ni siendo humano. Recordó todos los años pasados mientras esperaba al sol, sintiéndose cada vez más en paz consigo mismo, más cerca de volver a ser humano, ya que iba a morir, como los humanos. Dejaría de ser una criatura sobrenatural, y volvería al origen. Al ser humano. A Dios, si es que existía.
El cielo se estaba tiñendo ya de los colores del amanecer, y se dio cuenta. Estaba respirando. No exhalaba ni inspiraba, pero su pecho se movía como si lo hiciera. Estaba tan relajado. Si esto no es la Golconda, poco debe faltar, pensó.
Sonrió y entrecerró los ojos, mirando hacia donde empezaba a asomar el Sol, y abrió los brazos, para recibir finalmente la paz ansiada. Sintió como el calor inundaba su cuerpo, y como iba dejando de sentirlo conforme se iba convirtiendo en cenizas.
Antes de que pudiera gritar, simplemente, terminó.
Cuando Giulietta volvió en si se dio cuenta de que estaba sola en la escalera, maldita sea, se puso en pie y a trompicones llego a lo alto de la escalera, miro a un lado y al otro, sabia a donde ir, solo esperaba poder llegar a tiempo.
Corrió tan rápido como pudo hacia la torre del homenaje, al llegar la puerta estaba cerrada, a la carrera reunió todas sus fuerzas y golpeo la puerta rompiendo la cerradura y abriéndola con brusquedad. Lo que vio jamás lo olvidaría.
Vladimir, con los brazos extendidos recibiendo los cálidos y mortíferos rayos de sol. Cenizas llevadas por el viento.
Giulietta estaba sufriendo graves quemaduras a casusa del sol, a pesar de encontrarse aun dentro del edificio algunos rayos llegaron hasta ella. La lasombra gritaba de furia y sobretodo de dolor, cuando rápidamente alguien la agarro con fuerza y la aparto de la entrada, tumbándola en el suelo. La mujer no era consciente de lo que hacía, estaba totalmente fuera de sí, empujo fuertemente a su salvador contra una pared y finalmente quedo inconsciente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario